La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4)

Por Herman N. Ridderbos.

Tomado de When the Time Had Fully Come: Studies in New Testament Theology (Ontario: Paideia Press, 1957, 1982), pp. 15-18.

En la interpretación de la parábola del sembrador el énfasis es puesto mayormente en las diferentes formas en las que la Palabra de Dios puede ser escuchada.  Y esto también está en el contenido de la parábola.  Pero uno se pierde del tenor si uno ve en ella una exhortación atemporal a tomar en serio la predicación del evangelio.  Pues en estas parábolas [del Reino en Mateo 13 y Marcos 4] Jesús revela a sus discípulos la naturaleza del Reino de Dios.  Les enseña cómo conocer los misterios del Reino.  ¿Qué misterio es?  Éste, antes que cualquier otra cosa, que el Reino escatológico de Dios viene como una semilla, aparentemente la cosa más débil e indefensa que hay.  Puede ser devorada por las aves, puede ser ahogada por los espinos, puede ser quemada por el sol, y algunas veces difícilmente puede ser distinguida de la cizaña.  Ese es el secreto del Reino.  Y detrás de esto yace un misterio aún mayor, es decir, que el que trae el Reino es un sembrador, aparentemente el más dependiente de los hombres.  “Un sembrador salió a sembrar” y “el que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre” – ese es el gran misterio del Reino de Dios.

Hasta aquí parecería que la teología liberal con su concepto espiritual del Reino tenía un mejor entendimiento de Jesús que todos quienes, después, pusieron todo énfasis en el carácter escatológico.  Pero las apariencias engañan aquí.  Pues detrás este secreto del Reino toda la dinámica del poder de las grandes obras de Dios está escondida.  Eso ya está señalado en las parábolas mismas.  No sólo tratan acerca de sembrar, pero también de cosechar, y la cosecha también está en las parábolas (a pesar de lo que diga C. H. Dodd), la cosecha escatológica en el futuro.  Pero por encima de todas las cosas, este poder yace escondido en la persona de Jesús mismo.  La figura humilde y no-intrusiva del Sembrador encubre la grandeza escondida del carácter mesiánico de Cristo.  Ese es el misterio real del Reino.  La grandeza escondida de Jesucristo es, hablando estrictamente, el asunto sobre el que tratan los evangelios, y es esta grandeza  lo que determina la naturaleza del Reino.

El gran teólogo liberal Adolf von Harnack dijo, es cierto, que el evangelio del Reino es el evangelio del Padre no del Hijo.  Y muchos lo han repetido después de él.  Pero aquí, de hecho, yace el gran error del retrato liberal de Jesús y del concepto liberal del Reino de Dios.  Pues el carácter y substancia del Reino es determinado por la persona y por la manera de ser de Jesús.  Él es el auto-basileia, como Orígenes lo expresó. Y por lo tanto en su vida terrenal existe esa curiosa tensión entre revelación y misterio, entre grandeza escatológica y debilidad humana.  A la primera pertenece la autoridad (exousia), con la que habla en el Sermón del Monte, y con la que perdona pecados en la tierra.  A ésta pertenecen sus milagros, las señales del gran tiempo de salvación.  Pero al mismo tiempo prohíbe a los hombres darlos a conocer.  Su mesianidad es un secreto.  Toda esta paradoja está concentrada en el nombre Hijo del Hombre, esto es, ser humano entre seres humanos, hombre que siembra, y que debe esperar el resultado de la cosecha.  Pero también implica: Hijo del Hombre quien, de acuerdo con la profecía de Daniel 7, recibe todo dominio de las manos del Altísimo.  Es en él que Dios obra Sus grandes hechos, pues este Hijo del Hombre está bajo la ley del “tiene que,” del dein y prepein como dice en el Nuevo Testamento.

Ése es el por qué de la Cruz, también, es parte de la revelación del Reino, pues el Hijo del Hombre tiene que ir a Jerusalem.  El orden de la obra divina de redención demanda esto.  En ningún lugar es el misterio del Reino más profundo que en la Cruz de Jesús.  El sembrador se convierte él mismo en la semilla.  Pero a la vez un proceso escatológico está ocurriendo.  La dimensión del Reino se vuelve visible ya en las señales que acompañan la muerte de Cristo  y que afectan a la naturaleza.  Por encima de todo se vuelve manifiesta en Su resurrección.  Entonces el Hijo del Hombre da un gran paso a su gran futuro, y le es dado el dominio que menciona Daniel 7.  En Cristo el Reino está irrumpiendo a través de los límites de la categoría terrenal, y lo que fue escuchado en el oído, eso es predicado desde las azoteas  (Mat. 10:27).

Ese es el concepto del Reino en los evangelios sinópticos.  Es uno de presencia así como de futuro, tanto de secreto como de revelación.  El levantamiento de Cristo marca el límite.  En él coinciden las dos eras.  Pertenece a la presencia del Reino.  Pues ha acontecido sobre la tierra.  El eschaton [los últimos tiempos] ha venido en Cristo.  El mundo ha sido abierto al Reino de Dios.  El Fuerte ha vencido en su propia casa.  Pero la resurrección pertenece al futuro también.  El Cristo resucitado no pertenece ya más a la categoría terrenal.  Él es primicias del gran futuro.  Pero en la fase final, los cielos nuevos y tierra nueva, están todavía por venir.  Primero la semilla debe ser sembrada, entonces no solamente Israel sino todo el mundo debe vivir en la dispensación y bajo la responsabilidad de aquello que ha sido visto y oído en Cristo.

En los evangelios sinópticos la importancia presente y futura del Reino coinciden mayormente.  Antes de la resurrección de Cristo las perspectivas son a menudo muy poco claras, de acuerdo con la naturaleza de la profecía.  Se hace mención de la aparición del Hijo del Hombre y del Reino en gloria como un evento que puede ser esperado simultáneamente.  Se hace mención de los postreros días dentro del marco de la tierra judía.  Es como si todo convergere en un punto, resurrección y parusía [la segunda venida de Cristo],  y como si, al partir Cristo de la tierra, la plenitud de la revelación del Reino puede ser ya esperada.  Pero la resurrección abre una nueva perspectiva.  Nos enseña a distinguir entre lo que ha venido, y lo que está por venir.  Es el punto de partida de una nueva dispensación en el futuro del Reino.

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

Herman N. Ridderbos (1909-2007), de nacionalidad holandesa, fue un pastor reformado y un destacado teólogo y erudito en Nuevo Testamento.  Fue educado en la Universidad Libre de Amsterdam  hasta obtener el grado de doctor (1936).  Después de servir como pastor por ocho años, fue nombrado profesor de Estudios del Nuevo Testamento de la Escuela de Teología de las Iglesias Reformadas (Kampen, Países Bajos), cargo que desempeñó por más de cuarenta años.  Fue autor de numerosos libros y artículos académicos entre los que destacan La venida del Reino (1962) y El pensamiento del apóstol Pablo (1966), que están traducidos y publicados en español.