La fe de los estatistas

Por Alejandro Moreno Morrison.

Dedicado al Rev. Dr. Ronald H. Nash, querido hermano en Cristo, maestro y amigo. In memoriam.

El estatismo es una religión secular, es decir, una religión que no tiene pretensiones de trascendencia; por eso es que para algunos no parece ser una religión en el sentido más común y acostumbrado del término.  El estatismo es una derivación del humanismo secular y se basa en la creencia (fe) de que los seres humanos son capaces de superar por medio del “estado” todos sus problemas.  Consecuentemente, “el estado” es elevado a la categoría de ser supremo (dios), del cual se espera que fluyan bendiciones terrenales de todo tipo (que a menudo son meros deseos carnales y egoístas).  Consiguientemente, según esta religión, los individuos deben confiarle (y de ser necesario aun sacrificarle) sus vidas, bienes y demás recursos, a fin de que dicho estado cuente con lo necesario para cuidar de ellos “desde la cuna y hasta la tumba.”

Los estatistas cifran, por lo tanto, su esperanza de felicidad terrenal en el estado o, más concretamente, en el agente del estado que es el gobierno, y centran sus esfuerzos en que dicho ídolo cuente con todas las condiciones necesarias para producir los resultados anhelados.  Así, el estatismo no es sino una más de las versiones modernas-postmodernas del cuadro que presenta el Señor, y del que se burla, en Isaías 44:9-20:

Los que fabrican ídolos no valen nada;
inútiles son sus obras más preciadas.
Para su propia vergüenza,
sus propios testigos no ven ni conocen.
¿Quién modela un dios o funde un ídolo,
que no le sirve para nada?
Todos sus devotos quedarán avergonzados;
¡simples mortales son los artesanos!
Que todos se reúnan y comparezcan;
¡aterrados y avergonzados quedarán todos ellos!

El herrero toma una herramienta,
y con ella trabaja sobre las brasas;
con martillo modela un ídolo,
con la fuerza de su brazo lo forja.
Siente hambre, y pierde las fuerzas;
no bebe agua, y desfallece.
El carpintero mide con un cordel,
hace un boceto con un estilete,
lo trabaja con el escoplo
y lo traza con el compás.
Le da forma humana;
le imprime la belleza de un ser humano,
para que habite en un santuario.
Derriba los cedros,
y escoge un ciprés o un roble,
y lo deja crecer entre los árboles del bosque;
o planta un pino, que la lluvia hace crecer.
Al hombre le sirve de combustible,
y toma una parte para calentarse;
enciende un fuego y hornea pan.
Pero también labra un dios y lo adora;
hace un ídolo y se postra ante él.
La mitad de la madera la quema en el fuego,
sobre esa mitad prepara su comida;
asa la carne y se sacia.
También se calienta y dice:
«¡Ah! Ya voy entrando en calor,
mientras contemplo las llamas.»
Con el resto hace un dios, su ídolo;
se postra ante él y lo adora.
Y suplicante le dice:
«Sálvame, pues tú eres mi dios.»

No saben nada, no entienden nada;
sus ojos están velados, y no ven;
su mente está cerrada, y no entienden.
Les falta conocimiento y entendimiento;
no se ponen a pensar ni a decir:
«Usé la mitad para combustible;
incluso horneé pan sobre las brasas,
asé carne y la comí.
¿Y haré algo abominable con lo que queda?
¿Me postraré ante un pedazo de madera?»
Se alimentan de cenizas,
se dejan engañar por su iluso corazón,
no pueden salvarse a sí mismos, ni decir:
«¡Lo que tengo en mi diestra es una mentira!»

Es entendible que quienes no conocen al Dios verdadero ni Su verdad revelada consignada en la Biblia abracen el estatismo; después de todo, como dice el dicho popular, “El que no conoce a Dios ante cualquier ídolo se inclina.”  Lo que es muy triste es que haya cristianos que caen en la trampa de esta forma de idolatría.  Esto nos muestra el desconocimiento que hay en las iglesias con respecto a la enseñanza bíblica acerca del gobierno, para empezar; pero también acerca del hombre y de la Iglesia, por decir lo menos.

El gobierno es una institución de origen divino, en el sentido de que fue Dios quien lo instituyó.  Desde este punto de vista, la anarquía (la falta de facto de un gobierno o “cabeza”) y el anarquismo (la idea de que la humanidad estaría mejor sin gobiernos) son contrarios al orden divino.  Pero no debemos olvidar que el gobierno es también una institución humana, en el sentido de que es operada por seres humanos.

En virtud de la caída, la totalidad del ser humano ha sido dañada por el pecado. Todo aquello que es humano es no solamente finito y limitado, sino que también está corrompido por el pecado, y no hay remedio humano para tal condición.  El estatismo tiene la vana ilusión de que la suma y organización de los esfuerzos humanos, encabezados por el gobierno, pueden sacar a la humanidad de los predicamentos derivados de su finitud y pecaminosidad (aunque claro, como humanistas, creen que “el Hombre” –con “h” mayúscula para que nadie se vea a sí mismo y se dé cuenta de lo ridículo de la creencia—no es finito ni pecaminoso).  Esta fe de los estatistas nos recuerda, por cierto, el fallido intento de construir la Torre de Babel.

“El corazón del hombre—decía Juan Calvino—es una fábrica de ídolos.”  Y al igual que con otras criaturas, la humanidad ha tomado la institución del gobierno (creada por Dios) y la ha hecho objeto de una fe y devoción de las que solamente es digno Dios el creador y sustentador del universo.  Y así como el idólatra neciamente pone su esperanza en un leño que sólo puede rendirle ciertos servicios muy limitados (Isaías 44:14-17), quienes ponen su fe en “el estado,” y/o concretamente en el gobierno o los gobernantes que lo encabezan, neciamente esperan recibir de ellos beneficios que están fuera de su muy limitada capacidad, y que van en contra del propósito divino para el gobierno y los gobernantes.

La religión estatista nos induce a orar (pedir) al gobierno y a esperar de él toda clase de satisfactores, en tanto que la Biblia, por el contrario, nos instruye esperar de Dios todos nuestros satisfactores y a orar (pedir) a Dios por el estado (o polis, “ciudad” –ver Jeremías 29:7) y por los gobernantes (1ª Timoteo 2:1-2), pues somos todos criaturas limitadas y pecaminosas que, como los habitantes de la orgullosa ciudad de Nínive, “no saben distinguir entre su mano derecha y su mano izquierda” (Jonás 4:11).

Finalmente, la fe de los estatistas acarrea, no solamente la frustración de sus fieles, como resultado de la impotencia de los gobiernos y los gobernantes para cumplir sus promesas, sino también el juicio de Dios, como sucede con toda idolatría.

En contraste con el estatismo, la única expectativa que la Biblia menciona explícitamente que debemos tener respecto de los gobiernos y los gobernantes es que mantengan la seguridad pública e impartan justicia, que castigue a quien hace lo malo, y protejan así al resto de la comunidad:

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo… Porque es un servidor de Dios para tu bien… si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que practica lo malo… Pues por esto pagáis también los tributos, porque son funcionarios de Dios, dedicados continuamente a esto mismo… (Romanos 13:3-6).

A los cristianos debe quedarnos muy claro que la Biblia no nos autoriza a cifrar en el gobierno nuestras esperanzas de bienestar y prosperidad material, ni mucho menos nuestra felicidad.

Claro está que lo anterior suena del todo “políticamente incorrecto” en nuestro mundo moderno-postmoderno, especialmente por lo que se refiere a la beneficencia o ayuda a los pobres, mejor conocida bajo nombres como “justicia social” y eufemismos semejantes.  Este tema es amplio y complejo, por lo que aquí sólo voy señalar dos puntos.

El primero y menos importante es que los estudios más avanzados en economía demuestran que uno de los principales factores para alcanzar bienestar material en una sociedad es la debida observancia de un orden jurídico que efectivamente proteja la libertad y los derechos de quienes actúan correctamente y castigue a quienes violentan la dignidad, integridad, libertad y demás bienes de sus semejantes.

El segundo y más importante es que lo que el mundo llama “justicia social” o “responsabilidad social,” la Biblia lo llama misericordia, y lo califica como un deber personal que cada ser humano tiene frente Dios respecto de su prójimo en necesidad. ¿Puede entonces un cristiano creer que Dios aceptará como obra de misericordia una boleta electoral tachada a favor de tal o cual partido o candidato? ¡Por supuesto que no!

He ahí otro efecto nocivo del estatismo: al engrandecer indebidamente las expectativas respecto del gobierno termina minimizando las expectativas que Dios tiene de nosotros en lo individual y como Iglesia.  Los presupuestos y programas gubernamentales, las leyes y las agencias burocráticas, no pueden amar porque no son personas.  Por eso Dios ha encargado el delicado ministerio de la misericordia a personas, y particularmente a aquéllos que hemos experimentado Su amor y misericordia.  Tratándose del cuidado de los necesitados, Dios no va a pedirle cuentas al “estado” ni al “gobierno.”  A los gobernantes pedirá cuentas respecto de la preservación del orden y la paz y del castigo a los que hicieron mal.  Y a todos los seres humanos Dios va pedir cuentas del cuidado que hayamos tenido o no con los necesitados que puso en nuestro camino, y de la manera en que hayamos usado los recursos (bendiciones) que Él puso en nuestras manos.  Esta obligación y responsabilidad que tenemos delante de Dios no podemos delegársela al gobierno.

Así pues, la fe de los estatistas viola el primer y más grande mandamiento, al confiar en, y servir a, un dios falso, y también el segundo, al no amar al prójimo pretendiendo que sea el gobierno quien cumpla en su lugar con ese deber.

Nota editorial: La versión original de este artículo fue publicada en 2007 en la revista El Faro de la Iglesia Nacional presbiteriana de México.  Revs. 2010, 2016, y 2017.

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Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church in America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta última estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.

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