Ampliación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sede

Por Bruce K. Waltke (ThD, PhD).

Fragmento tomado de An Old Testament Theology (Grand Rapids: Zondervan, 2007), pp. 570-571.

Jerusalén es la escena para el inicio y fin del evangelio de Lucas (1:9; 24:53) y también es el escenario para su secuela, el libro de Hechos (Hechos 1:8; 2:1-17).  En su secuela podemos trazar por esta extensión de historia de la iglesia la redefinición de Lucas del reino de Dios de una referencia a la vida en un espacio territorial a una referencia a la vida en Cristo.  La iglesia primitiva esperaba que Jesús Mesías gobernare desde el trono de David en Jerusalén y restableciere la gloria de Israel y que de esta manera fuere una luz a las naciones.  No obstante, la iglesia iluminada por el Espíritu y llena del poder del Espíritu llegó a entender que el Mesías Jesús gobierna al mundo desde el trono de David en el cielo en un reino universal sin fronteras nacionales.

Pero al continuar Lucas con su drama en dos partes, las expectativas judías de la iglesia primitiva para el reino toman nueva forma.  Jerusalén sigue siendo el centro del Reino de Dios durante la carrera terrenal del Mesías pero no después de su resurrección.  La pasión de Cristo debe ser cumplida en Jerusalén pero no su gloria.  Durante su vida Jesús espera su muerte y resurrección en Jerusalén.  En contraste con Mateo, Lucas ubica la última tentación de Jesús en el punto más alto del templo en Jerusalén.  Mediante esta retórica, Lucas sutilmente augura el papel siniestro y satánico que el templo jugará en el rechazo y muerte de Jesús (Lucas 4:1-13: Mateo 4:1-11).  En su marcha a Jerusalén para cumplir su destino, Jesús dice sarcásticamente, “es necesario que siga mi camino… porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13:33; cf. 18:31).

Jesús ahora pone fin a cualquier futuro en la historia de la salvación para la ciudad profana mediante sus parábolas, acciones y profecías.  Lucas registra que cuando Jesús estaba cerca de Jerusalén, y la gente pensaba “que el reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente” (19:11), les dijo la parábola de las minas.  En esta parábola una mina es quitada al siervo infiel y dada a otro.  Concluye la parábola con la ominosa orden: “Pero a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí” (19:27).  Después de relatar esta parábola, Lucas registra la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén — pero en lugar de cumplir las esperanzas Judías de exaltación de la ciudad, Jesús llora por Jerusalén porque la ciudad está a punto de ser aniquilada por rechazarlo.  Vendrán días, dice, cuando ejércitos la derribarán.  Lucas también omite cualquier alusión a profecías del Antiguo Testamento de que Jerusalén sería reconstruida y no cita ninguna profecía de Jesús ni dentro de la iglesia primitiva en tal sentido.  La destrucción de Jerusalén en el año 70 dC termina con su rol en la historia de la salvación.

Pasando a la secuela de Lucas, en su primera escena encontramos a Jesús instruyendo a sus discípulos a quedarse en Jerusalén hasta que Dios les dé poder de lo alto.  Sólo hasta que han sido investidos con el Espíritu Santo comienzan a dar testimonio del evangelio a todo el mundo.  En la segunda escena, en el Monte de los Olivos, los discípulos todavía piensan como la iglesia primitiva: “¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” preguntan (Hechos 1:6; cf. Lucas 24:21).  En lugar de prometerles cumplir con sus expectativas judías, Jesús los instruye nuevamente a quedarse en Jerusalén hasta tener el poder del Espíritu para dar testimonio del evangelio hasta lo último de la tierra.

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Sermón alusivo: Sermón expositivo de Hechos 1:6 (audio).

Ver también: “Jerusalén: Lugar del fin de la antigua era;” “Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén (Mateo 24);” “La profecía de las setenta “semanas” de Daniel 9:20-27;” “Elección del sustituto de Judas (Hechos 1:12-26);” “Elección del reemplazo de Judas (Hechos 1:15-26);” “La extensión del territorio del reino del Mesías (Salmo 72:8-11);” “Salmo 67 (para canto congregacional);” “Este mundo está lleno del poder redentor de Dios.;” “Exaltación y entronización del Señor Jesucristo;” “El derramamiento del Espíritu Santo (Pentecostés);” “El reino del Mesías y Su Iglesia;” “El evangelio y las misiones;” “La historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del Mesías;” El reino universal del Mesías (Salmo 72:8-11);” La profecía de Noé (Gen. 9:25-27) y su cumplimiento en el Nuevo Testamento;” “Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismo;” “Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañas.”

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

El Dr. Bruce K. Waltke, de nacionalidad estadounidense, es un erudito reformado en Antiguo Testamento.  Obtuvo maestría (M.A.) y doctorado (Ph.D.) en lenguas y literatura del Antiguo Cercano Oriente por la Universidad de Harvard, con un post-doctorado en el Hebrew Union College de Jerusalem, Israel.  Aunque fue educado en el Dispensacionalismo (sus Th.M., y Th.D. en Nuevo Testamento los obtuvo por el Seminario Teológico de Dallas), a los 50 años de edad abandonó públicamente el dispensacionalismo por ser contrario a la Biblia y abrazó la teología Reformada o teología del pacto.  Ha sido profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Dallas, Westminster Theological Seminary, Regent College, University of British Columbia (de donde es Profesor Emérito), Reformed Theological Seminary, Orlando, y en Knox Theological Seminary, y profesor visitante en varias universidades y seminarios como Covenant Theological Seminary, Geneva Bible College, Trinity Evangelical Divinity School, y Wheaton College.  En 1975 fue presidente de la Evangelical Theological Society.  Ha editado o participado en la edición de varias traducciones de la Biblia al inglés incluyendo la New American Standard Bible, y la New International Version.  Es autor de numerosos libros y artículos de alto nivel académico.

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