Sermón: Lenguas extrañas como señal del juicio de Dios, antecedente antiguo-testamentario del pentecostés (audio)

Por Alejandro Moreno Morrison.

Domingo 22 de junio de 2014.

Enlace al archivo de audio: Sermón: Lenguas extrañas como juicio de Dios (AMM, Jun. 22, 2014).

Lecturas del culto:

  • Antiguo Testamento: Isaías 28:7-13
  • Evangelio: Mateo 23:29-39
  • Nuevo Testamento: Hechos 2:5-13

Texto publicado en la portada del orden de culto: Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañas.

______________

Ver también: El valle de los huesos secos (Ezequiel 37:1-14); La extensión del territorio del reino del Mesías (Salmo 72:8-11); Este mundo está lleno del poder redentor de DiosAmplicación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sedeDos acercamientos al estudio de la Biblia: teología sistemática y teología bíblica (con análisis literario)La profecía de las setenta “semanas” (Daniel 9:20-27)Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén (Mateo 24)Jerusalén: Lugar del fin de la antigua eraSermón expositivo de Hechos 1:1-3 (audio)Sermón expositivo de Hechos 1:4-5 (audio)Sobre el “bautismo en Espíritu Santo y fuego”(Lucas 3:16)Sermón expositivo de Hechos 1:6-7 (audio)Sermón expositivo de Hechos 1:8 (audio)Sermón expositivo de Hechos 1:9-11 (audio)Sermón expositivo de Hechos 1:12-26 (audio)Sermón temático: El antiguo pacto y el nuevo pactoSermón expositivo de Hechos 2:1-4 (audio)Sermón: El pacto de obras o de creación de Génesis 2:4-3:24 (audio)Sermón: El pacto con Noé, Génesis 9 (audio)Sermón: El pacto abrahámico, Génesis 15 (audio).

______________

Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), el Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En el Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church in America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta último estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.

Sobre la liturgia ginebrina de Juan Calvino para la celebración de la Cena del Señor

Por Alejandro Moreno Morrison.

A principios de 1537, poco después de que sin planearlo ni quererlo Juan Calvino llegara y se quedara en la ciudad-estado de Ginebra, Guillermo Farel y él sometieron al Concilio de Ginebra, es decir, al gobierno civil de dicha ciudad el documento La forma de las oraciones eclesiásticas y cantos con la manera de administrar los sacramentos y consagrar el matrimonio conforme a la costumbre de la Iglesia antigua.

En dicho documento:

proponían edificar a la comunidad por dos medios: la frecuente celebración de la Cena del Señor y el ejercicio de la disciplina [eclesiástica].  Declararon que la Cena debía celebrarse ‘cada domingo’ debido a su abundante provecho.[1]

En su Institución de la religión cristiana, Calvino escribió, “…la Santa Cena podría ser administrada santamente, si con frecuencia, o al menos una vez a la semana, se propusiera a la Iglesia…”[2]  Y aunque a lo largo de todo su ministerio en Ginebra, Calvino buscó implementar dicha práctica nunca logró superar la resistencia del Consejo de la Ciudad, el cual ordenó que la Cena del Señor fuese administrada solamente cuatro veces al año.  Calvino “continuó manifestando su insatisfacción y, todavía en 1561, declaró: “Nuestra costumbre es defectuosa.”[3]

Una de las razones por las que Calvino toma dicha posición en cuanto a la frecuencia para la celebración de la Cena del Señor era su insistencia en guardar continuidad con la tradición[4] apostólica recibida de la Iglesia antigua como el patrón a seguir para la práctica de la Iglesia.  No es que Calvino le atribuyera autoridad a los “padres de la Iglesia” o a la Iglesia antigua, sino que apela a ellos como testigos de la práctica que ellos habían recibido (tradición) de la Iglesia apostólica en lo que había permanecido sin alteraciones que la corrompieran.  Calvino no era un innovador, alguien que buscara inventar una nueva práctica.  Calvino era un reformador, alguien que buscaba volver a la forma ideal original.  Calvino buscaba identificar el modelo de la Iglesia Antigua y limpiar dicha tradición de las corrupciones que le habían sido añadidas a lo largo de los siglos.

La estructura general del orden del servicio seguido en Ginebra en 1542 se parece asombrosamente al de las liturgias antiguas.  Aun en detalle, las nuevas formas siguen paso a paso el bosquejo general de esas liturgias… a veces las palabras son idénticas.[5]

Calvino siguió, “y probablemente tuvo bajo sus ojos, el texto preciso” de las liturgias occidentales.  En contraste con las liturgias orientales, Calvino siguió la manera occidental de consagrar los elementos eucarísticos.  Las “liturgias orientales recurren a la invocación del Espíritu Santo, y las liturgias occidentales a las palabras de la institución [1ª Corintios 11:23-30].”[6]  El formulario ginebrino tenía la misma estructura tripartita que había sido observada “en oriente hasta el siglo IV de manera asombrosa, y en detalle, recuerda partes importantes del ordinario de la misa romana.”[7]

La primera parte de la liturgia tripartita en Ginebra estaba compuesta de:

  • Invocación,
  • Canto de los salmos,
  • Confesión de pecados
  • Oración de iluminación,[8]
  • Lectura y exposición de los textos sagrados
  • Gran oración de intercesión después del sermón,
  • Lectura del Credo apostólico,
  • Lectura de la narrativa de la institución,
  • Sancta sanctis, y
  • Sursum corda.[9]

Después de pronunciar el ministro el sancta sanctis (“Lo santo para los santos”), la congregación responde: “Sólo uno es santo, etc.,” a fin de,

…proteger la santa mesa contra la profanación, negando el acceso a ella de los “extraños, es decir, aquellos que no están en la compañía de los fieles.”  Y la respuesta “Ninguno es santo, etc.,” tiene su eco en la declaración del ministro: “No venimos a declarar que somos perfectos o justos en nosotros mismos, sino al contrario, buscando nuestra vida en Jesucristo, confesamos que estamos en muerte…”[10]

Luego viene el llamado sursum corda (del Latín “¡elevemos nuestros corazones!”):

…elevemos nuestro espíritu y corazones a lo alto donde Jesucristo está en la gloria de Su Padre, de donde lo esperamos para nuestra redención.  No nos dejemos fascinar por estos elementos terrenales y corruptibles que vemos con nuestros ojos y tocamos con nuestras manos, buscándolo ahí como si estuviese encerrado en pan o vino.  Sólo entonces nuestras almas estarán dispuestas a ser nutridas y vivificadas por Su sustancia cuando sean elevadas por encima de lo terrenal, y llevadas tan alto como el cielo, para entrar al Reino de Dios donde Él mora.  Por tanto, contentémonos con tener el pan y el vino como señales y testigos, buscando espiritualmente la realidad en donde la Palabra de Dios promete que la encontraremos.[11]

“Pensando de la misma manera, la Iglesia antigua decía: ‘Sursum corda,’ y Roma repite estas palabras sin entender plenamente su sentido primitivo.”[12]

Calvino recuperó y restauró en entendimiento de la Iglesia antigua de la adoración corporativa en el Día de Reposo como una experiencia transcendente en la que la Iglesia es llevada ante el trono celestial, que es lo que implica el Sursum corda.[13]  Este es el fundamento y corazón del entendimiento de Calvino sobre la presencia de Cristo en la Cena del Señor, como lo había sido en la Iglesia hasta el S. IX (cuando fue introducida la doctrina de la transubstanciación).[14]

Según dicha doctrina romanista de la transubstanciación, en lugar de que la Iglesia sea llevada espiritualmente a la presencia de Cristo, al salón del trono del cielo, supuestamente el cuerpo humano del Señor Jesucristo es multiplicado y una parte del mismo es sacada del cielo y para descender a la tierra y estar presente de manera real (material) en “la esencia” de los elementos del sacramento–Su sangre en el vino, y Su cuerpo en el pan.

La liturgia del Calvino, junto con su articulación doctrinal de la Cena del Señor, depuró a la tradición apostólica de la contaminación y corrupción que sufrió a lo largo de los siglos, y no sólo mantuvo sino que recuperó el significado de trascendencia del sacramento de la Cena del Señor.

Más aún, en la forma de celebración de la Cena del Señor de Calvino hay referencias explícitas a la presencia espiritual de Cristo y a la alimentación espiritual que recibimos al comer Su cuerpo y beber Su sangre.  Que la posición de Calvino era completamente diferente a la de la transubstanciación ya ha quedado claro mediante la referencia hecha al Sursum corda.  Sin perjuicio de lo anterior, Calvino insistió en la dimensión milagrosa y misteriosa de la Cena del Señor.[15]  Por lo tanto, la práctica calviniana de la eucaristía (en contraste con el entendimiento y práctica zwinglianos) no es un acto unilateral de adoración en el que los creyentes traen alabanza y acción de gracias al Señor, sino una ocasión en la que el pueblo de Dios es alimentado espiritualmente recibiendo un regalo más de la gracia de Dios.[16]

Para la actualización de tal milagro, en la liturgia de Calvino no cabe la pronunciación de una fórmula sacramental “mágica” como en el “sacrificio” de la misa romana.  La liturgia de Calvino apela por fe a las promesas contenidas en las palabras canónicas inspiradas de la institución, tal y como fueron consignadas por el apóstol Pablo en su 1ª Epístola a los Corintios.[17]  En tanto que la misa romana cree en un milagro físico, material, la eucaristía reformada cree en un milagro spiritual.

Aquí no debemos ser engañados: el epíteto espiritual no es equivalente a subjetivo.  Como evidencia presentamos el artículo XXXVI de la Confesión de Rochelle: ‘Sostenemos que esto es hecho espiritualmente, no porque pongamos imaginación y fantasía en lugar de hecho y verdad, sino porque la grandeza de este misterio excede la medida de nuestros sentidos y de las leyes de la naturaleza.  En pocas palabras, por cuanto es celestial, sólo puede ser aprehendido por fe.’

Precisamente porque solamente ha de ser aprehendida por fe y porque es prometido solamente a la fe, el milagro en cuestión es de orden espiritual, puesto que la fe es ella misma un acto espiritual.[18]

Calvino no reserva las profundidades de estas verdades a los escritos y discusiones teológicas, sino que las incorpora en la liturgia, de manera que la gente esté consciente del significado e importancia del acto en el que están participando.  La exhortación que Calvino pone en boca del ministro habla de la realidad del milagro que ocurre:

Primero, entonces, creamos en estas promesas que Jesucristo, quien es verdad infalible, ha pronunciado con sus propios labios, es decir, que Él quiere hacernos participar de Su propio cuerpo y sangre, de manera que lo poseamos enteramente de tal manera que Él viva en nosotros y nosotros en Él.  Y aunque solamente vemos el pan y el vino, no dudemos que Él lleva acabo espiritualmente en nuestras almas todo lo que nos enseña externamente mediante estas señales visibles; en otras palabras, que Él es pan del cielo, para alimentarnos y sustentarnos para vida eterna.[19]

“Nuestras almas,” dice más adelante (en alusión al sursum corda), “necesitan ser elevadas por encima de todas las cosas terrenales a fin de estar dispuestas para ser alimentadas y vivificadas por Su sustancia.”

En pocas palabras, el milagro consiste en esto: que Cristo no está “encerrado en el pan y el vino;” Él está en el cielo, “en la gloria con su Padre,” y más aún, desea alimentar “por medio de su sustancia” a aquél que cree.[20]

Calvino junto con muchos otros reformadores evitaron caer en la pretensión de tener una comprensión absoluta de este misterio, pero eso no les impidió confesarlo gozosamente y gozarlo por fe.

La liturgia de Calvino estaba inspirada en el ideal de “fidelidad a la Escritura, respeto por la estructura de las liturgias antiguas, coordinación de la emoción y la inteligencia; búsqueda de verdadera espiritualidad.”[21]

[1] Bard Thompson, ed., Liturgies of the Western Church (Philadelphia: Fortress, 1961), p. 188.

[2] Juan Calvino, Institución de la religión Cristiana (Rijswijk: FELiRe, 1994), IV, xvii, 43; pp. 1117.  Calvino dedica el apartado 44 del mismo capítulo (pp. 1117-1118) a demostrar que:

…no ha sido instituido para ser recibido una vez al año; y esto a modo de cumplimiento, como ahora se suele hacer; sino más bien fue instituido para que los cristianos usasen con frecuencia de él, a fin de recordar a menudo la pasión de Jesucristo, con cuyo recuerdo su fe fuese mantenida y confirmada, y ellos se exhortasen a sí mismas a alabar a Dios, y a engrandecer su bondad…

Refiere san Lucas en los Hechos, que la costumbre de la Iglesia apostólica era como la hemos expuesto, asegurando que los fieles “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch. 2:42).  Así se debería hacer siempre; que jamás se reuniese la congregación de la Iglesia sin la Palabra, sin limosna, sin la participación de la Cena y en la oración.  Se puede también conjeturar de lo que escribió san Pablo, que éste mismo orden se observó en la iglesia de los corintios, y es evidente y manifiesto que así se mantuvo largo tiempo después.

En el resto del apartado citado, Calvino refiere evidencia textual histórica de la Iglesia antigua, y en los apartados 45 y 46 (pp. 1118-1120) recopila el testimonio de Agustín, Crisóstomo, y Ambrosio.

[3] Bard Thompson, ed., Liturgies of the Western Church (Philadelphia: Fortress, 1961), p. 188.

[4] Aquí se usa la palabra tradición en su sentido técnico, es decir, como la transmisión a lo largo del tiempo de un cúmulo de doctrinas y/o prácticas.  Nuestra palabra castellana “tradición” proviene del latín, traditio que se refiere a la acción de pasar de la mano de uno que entrega a la mano de otro que recibe y hace suyo lo dado.  En el Nuevo Testamento las palabras griegas correspondientes son paradidomi (usada en el sentido de traditio en 1ª Corintios 11:2, 23; 15:3, 2ª Pedro 2:21, y Judas 3) y paradosis (a menudo traducida como tradición y usada en este sentido en 1ª Corintios 11:2; 2ª Tesalonicenses 2:15; y 3:6).  Esta última palabra también es la que usa el Señor Jesucristo para referirse a las tradiciones de los fariseos.  Lo que el Señor reprueba en dichos casos no es la recepción de la tradición sino que el origen de lo transmitido es puramente humano, no divino, y que con dichas tradiciones humanas los fariseos anulaban de hecho la Palabra de Dios (ver Mateo 15:2, 3, 6; Marcos 7:3, 5, 8-9, y 13).

[5] August Lecerf, “The Liturgy of the Holy Supper at Geneva in 1542,” en Richard C. Gamble, ed., Articles on Calvin and Calvinism, Vol. 10, New York: Garland, 1992; p. 208.

[6] Ibid., p. 208.

[7] Ibid., pp. 208-211.

[8] En este punto, en la liturgia reformada de Estrasburgo Calvino insertó el Decálogo.

[9] Ver ibid., p. 208.

[10] Ibid., p. 209.  Estas palabras corresponden, en la liturgia del Libro de oraciones comunes de la Iglesia de Inglaterra (1ª ed. 1549, y 2ª ed. 1552), con la primera parte de la oración de acercamiento que dice: “No tenemos la pretensión de venir a esta tu mesa, oh misericordioso Señor, confiando en nuestra propia justicia sino en tus muchas y variadas grandes misericordias.  No somos dignos ni siquiera de juntar las migajas debajo de tu mesa.  Pero tú eres el mismo Señor cuya cualidad es siempre tener misericordia; concédenos, pues, Señor de gracia… (etc.)”

[11] Traducción combinada de Thompson (op. cit., p. 207), y de John Calvin, “The Manner of Celebrating the Lord’s Supper” (in Selected Works of John Calvin: Tracts and Letters, vol. 2, Henry Beveridge and Jules Bonnet, eds., Grand Rapids: Baker, 1983; pp. 121-122).  La porción correspondiente en la liturgia del Libro de oraciones comunes de la Iglesia de Inglaterra de 1552 comienza con el sursum corda (“¡Elevemos nuestros corazones!”) que pronuncia el ministro, seguido por la respuesta de la congregación, “¡Los elevamos al Señor!”  Enseguida el ministro ora y termina dicha oración introduciendo el sanctus (¡Santo!  ¡Santo!  ¡Santo!) o trisagion (del griego, “tres veces santo”) con las palabras, ‘Por tanto te alabamos, uniendo nuestras voces con ángeles y arcángeles y con toda la compañía del cielo, que por siempre cantan este himno para proclamar la gloria de tu nombre: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!’

[12] Lecerf, op. cit., p. 208.

[13] Acerca de esto, Larry Hurtado escribe:

En 1a Corintios 11:10, la curiosa referencia a los ángeles presentes en la asamblea del culto muestra cuán familiar era la idea.  Aparentemente los lectores corintios de Pablo no necesitaban mayor explicación (¡aunque a nosotros nos gustaría una explicación!).  Como los santos de Dios, los creyentes veían sus reuniones de adoración contando con la asistencia de los santos celestiales, ángeles, cuya presencia significaba la importancia celestial de sus humildes asambleas eclesiásticas en casas.  Es este sentido de que la participación del culto cristiano colectivo participa en el culto celestial lo que encuentra posteriormente expresión en las palabras tradicionales de la liturgia: “Por tanto, con ángeles y arcángeles, y con toda la compañía celestial laudamos y magnificamos tu glorioso nombre…”  El punto es que en su noción de que sus reuniones de adoración eran extensión de, y participación en, la adoración idealizada de las huestes celestiales, y en su visión de sus reuniones como siendo honradas con la presencia de los ángeles de Dios, expresaban una vívida importancia trascendente correspondiente a esas ocasiones.

Más adelante, Hurtado también escribe: ‘…desde el Nuevo Testamento existe esta noción de que la adoración debe ser entendida como la participación terrenal en la realidad espiritual…’

Larry Hurtado, At the Origins of Christian Worship: The Context and Character of Earliest Christian Devotion, Grand Rapids: Eerdmans, 1999;  pp. 50-51, and 113.

[14] Ver Alexander Barclay, The Protestant Doctrine of the Lord’s Supper: A Study in The Eucharistic Teaching of Luther, Zwingli and Calvin; Glasgow: Jackson, Wylie & Co., 1927; Ch. XIX; y “Origen tardío de la doctrina de la transubstanciación, y temprana oposición a la misma.”

[15] En Artículos concernientes a la organización de la Iglesia y del culto en Ginebra, Calvino escribió: “Realmente somos hechos partícipes del cuerpo y sangre de Jesús, de su muerte, de su vida, de su Espíritu, de todos sus beneficios.”  Más aún, la Cena tiene el propósito de “unir a los miembros de nuestro Señor Jesucristo con su Cabeza y unos con otros en un Cuerpo” (Thompson, op. cit.).

[16] Aunque la posición doctrinal final de Zwinglio sobre la presencia del Señor en la eucaristía es similar, tal noción está ausente de su forma de celebrar la Cena del Señor.

[17] En la Edad media, la misa papista hizo adiciones espurias a dichas palabras escriturales.  Por lo tanto, la reforma de la liturgia requería eliminar tales adiciones, que es lo que hizo Calvino.

[18] Lecerf, op. cit., p. 212.

[19] Calvin, “The Manner…”, op. cit., p. 121.  El pasaje correspondiente en el (segundo) Libro de oraciones comunes (1552) sería la segunda parte de la oración de acercamiento que dice: “… concédenos pues, Señor de toda gracia, comer la carne de tu amado hijo Jesucristo, y beber de su sangre, de manera que nuestros cuerpos pecaminosos sean limpiados por Su cuerpo, y nuestras almas lavadas por medio de su preciosísima sangre, y que por siempre vivamos en Él, y Él en nosotros.”  En el Directorio para la adoración pública de Dios de la Asamblea de Westminster (1645), esto mismo encuentra expresión al instruir al ministro a, “Orar sinceramente a Dios, el Padre de toda misericordia, y Dios de toda consolación, para que conceda su presencia llena de gracia, y la obra efectiva de su Espíritu en nosotros; y de esa manera santificar estos elementos de pan y vino, y bendecir Su propia ordenanza, a fin de que recibamos por fe el cuerpo y la sangre del Señor Jesucristo, crucificado por nosotros, y de esa manera alimentarnos de Él, de manera que Él sea uno con nosotros, y nosotros uno con Él; de manera que Él viva en nosotros, y nosotros en Él, para Él que nos ha amado, y se ha dado a sí mismo por nosotros (“Sobre la celebración de la Comunión, o Sacramento de la Cena del Señor;” en Westminster Confession of Faith, Glasgow: Free Presbyterian Publications, 1958; p. 385).

[20] Lecerf, op. cit., p. 212-213.  Para un estudio del punto de vista de los reformadores de la fe en la eucaristía, ver Gordon E. Pruett, “A Protestant Doctrine of the Eucharistic Presence,” en Calvin Theological Journal, Vol. 10, No. 1, April 1975; pp. 142-174; y Barclay, op. cit.

[21] Ibid., p. 213.

Nota editoria: Tomado y adaptado de mi ensayo “The Practice of the Eucharist in the Reformed Churches.  Response Paper,” presentado para el curso de Historia del Cristianismo II (con el Dr. Frank A. James) en Reformed Theological Seminary Orlando.  Traducido al español y adaptado el 23 de julio de 2016.

________________

Ver también: Sobre los medios de graciaOrigen tardío de la doctrina de la transubstanciación, y temprana oposición a la mismaLa Cena del SeñorJuan Calvino y las oraciones públicas o colectivas Identidad confesional: Estándares de WestminsterExaltación y entronización del Señor JesucristoPresbiterianismo en la primera reforma en InglaterraIdentidad confesional: Estándares de WestminsterOración por toda la Iglesia de Cristo (usada por la congregación angloparlante en Ginebra, en tiempos de Calvino y Knox)Las oraciones públicas, colectivas, comúnes, o litúrgicas en la práctica reformadaLa música en la Iglesia occidental en tiempos previos a la ReformaSobre el bautismoLas esposas de Juan KnoxInfluencia del calvinismo y del puritanismo en el pensamiento político de las colonias británicas en el norte de América (siglos XVII y XVIII)El “Salterio ginebrino” o “Salterio de Ginebra” en españolInvocar el nombre de Jehová (Génesis 4:26)Actividad lícita en el Día de ReposoLa observancia del cuarto mandamiento en el Nuevo Testamento (video-conferencia)La enseñanza bíblica sobre la adoración pública del Dios verdadero (video-conferencia)Sobre la visión puritana del día domingoNulidad de los oficios eclesiásticos no prescritos en la Biblia.

________________

Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), el Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En el Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church of America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta último estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.

Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismo

Por Alejandro Moreno Morrison.

La primera aparición en la historia de la Iglesia de una interpretación dispensacional y plenamente futurista del Apocalipsis fue invento del teólogo jesuita español Francisco Ribera (1537-1591).  Nunca antes en la historia de la Iglesia se había interpretado de esa manera el Apocalipsis ni mucho menos la Biblia.

Ribera fue un teólogo de la Universidad de Salamanca que militó en la contrarreforma católicorromana.  En su libro In sacrum beati Ioannis apostoli, & evangelistiae Apocalypsin Commentarij[1] (publicado en 1590), Ribera desarrolló su interpretación futurista y dispensacional del Apocalipsis con el fin de responder y rebatir la interpretación historicista que de dicho libro hacían muchos protestantes, identificando al Vaticano y al papado con el anticristo o “la gran ramera” del Apocalipsis.

Pocos años después (ca. 1593), otro teólogo jesuita militante en la contrarreforma católicorromana, el italiano Roberto Belarmino (1542-1621), publicó Disputationes de controversiis christianae fidei adversus hujus temporis hereticos,[2] un libro de apologética catolicorromana en el que recogió y defendió la interpretación futurista y dispensacional del Apocalipsis, propuesta por primera vez por Ribera, para defender a la Iglesia romana de los ataques de los protestantes.[3]

En 1791, casi 200 años después de la publicación del libro de Belarmino, el jesuita Manuel de Lacunza (1731-1801), activo en Santiago de Chile, escribió el libro La venida del Mesías en gloria y magestad (sic),[4] bajo el nombre de Juan Josafat Ben Ezra, “hebreo-cristiano.”  De Lacunza enseñaba una escatología futurista, premilenialista, y con inclinaciones sionistas y judaizantes.  De Lacunza retoma en su libro las ideas escatológicas inventadas por Ribera y desarrolladas por Belarmino.  Aunque escrito en 1791, el libro de De Lacunza fue publicado hasta 1812.[5]

Catorce años después, a principios de 1826, el pastor presbiteriano escocés Edward Irving (1792-1834) leyó el libro La venida del Mesías en gloria y magestad de De LacunzaIrving pastoreaba la congregación de la Iglesia de Escocia en Londres,[6]  y un año antes había caído bajo la influencia de Hatley Frere, un premilenialista laico aficionado a la especulación en torno a las profecías bíblicas.[7]

Ese mismo año (1826), Irving publicó el libro Babilon and Infidedlity Foredoomed (Babilonia y la infidelidad ya condenadas a la perdición).  En dicho libro Irving pronosticó que la segunda venida del Señor sería en 1864.  También reconoció en ese libro la influencia que sobre él había tenido Frere.

En 1827, Irving publicó su traducción al inglés del libro del jesuita De Lacunza, bajo el título The Coming of Messiah[8] (La venida de Mesías).  En el prefacio, Irving expone sus propias ideas escatológicas, incluyendo la restauración de los dones carismáticos de profecía y lenguas como señal de un segunda estadío en la vida cristiana—otra innovación doctrinal sin precedente en la historia de la Iglesia.[9]

En el verano de 1828, un año después de publicar su traducción al inglés del libro de De Lacunza, Irving visitó Edimburgo, Escocia, con motivo de la celebración de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia, y aprovechó para difundir sus ideas escatológicas a multitudes ávidas de escucharlo en distintas iglesias en Escocia.

También en 1828 (quizá bajo la influencia de Samuel Taylor Coleridge y sintiéndose ya “libre de las ataduras de la tradición recibida” y “disfrutando de la dirección directa del Espíritu Santo”), Irving publicó The Doctrine of Incarnation Opened (La doctrina de la encarnación abierta), donde dice que el Señor Jesucristo tuvo una naturaleza pecaminosa.[10]   La oposición de la Iglesia a sus herejías le parecía a Irving una señal más de la decadencia de la Iglesia que había comenzado a pronosticar desde 1825.

En noviembre de 1826, tuvo lugar el primer “congreso profético” auspiciado por Henry Drummond[11] en su opulenta mansión campirana, Albury Park (en Surrey, Inglaterra).  En dicho primer “congreso profético,” que duró una semana, Irving promovió el libro del jesuita De Lacunza (que a su vez recoje las ideas de los jesuitas Ribera y Belarmino) junto con sus propias ideas escatológicas pesimistas, dispensacionales y premileniales.

De dicho “congreso profético” surgió el Círculo de Albury, llamado así por las reuniones anuales (llamadas congresos o conferencias proféticas) que tuvieron lugar (entre 1826 y 1830) en dicha mansión de Drummond, quien convocó y organizó a dicho círculo (todos ellos amigos suyos), para discutir las especulaciones escatológicas de Irving y otros temas relacionados de interés para los participantes.  Los congresos proféticos iniciados en Albury Park continuaron llevándose a cabo (1830-1834) en Powerscourt Castle, un castillo cerca de Dublín, Irlanda, propiedad de Lady Powerscourt, miembro del Círculo de Albury.

Hacia este Círculo de Albury pueden trazarse los orígenes, no sólo del dispensacionalismo, sino también del carismatismo y del “sionismo cristiano.”

En 1830, Irving comenzó a difundir las “revelaciones” de Margaret McDonald[12] según las cuales la segunda venida del Señor Jesucristo se dividiría en dos episodios, siendo el primero un “rapto secreto” (una venida “invisible”) de los verdaderos creyentes, antes de la aparición del anticristo y la “tribulación.”[13]

Algunos de los clérigos que formaron parte del Círculo de Albury continuaron difundiendo y expandiendo las ideas de Irving.  Uno de ellos fue John Nelson Darby (1800-1882).  Aunque originalmente episcopal (anglicano irlandés), ordenado como diácono en la Iglesia de Irlanda en 1825, Darby fue uno de los fundadores del movimiento anti-eclesiástico y separatista “Hermanos de Plymouth” (Plymouth Brethren), en Dublín, Irlanda, alrededor de 1825.  En 1828 Darby renunció finalmente a su posición en la Iglesia de Irlanda (en Wicklow) para dedicarse por completo a liderar el movimiento de los “Hermanos.”

En 1830 Darby asistió al congreso de profecías bíblicas en Powerscourt Castle, en donde Irving le habló de la “revelación” que había tenido Margaret McDonald.  A instancias de Irving, Darby visitó a Margaret McDonald en su hogar en Port Glasgow, Escocia.   Darby adoptó las supuestas revelaciones de McDonald, elaborándolas y difundiéndolas como propias  (es decir, sin dar a conocer su origen).  Alrededor de 1834, Darby rompió toda relación con la Iglesia Anglicana, y partir de 1850, comenzó a difundir por escrito las ideas escatológicas del Círculo de Albury y de Margaret McDonald.

Entre 1862 y 1877, Darby realizó siete viajes a Norteamérica para dar conferencias sobre profecías bíblicas.  Los escritos de Darby influyeron grandemente en Henry Moorehouse (de los “Hermanos”), quien a su vez influyó en Dwight L. MoodyDarby también influyó directamente en  James H. Brookes y en C. I. Scofield (y en las anotaciones a la Biblia que este último produjo y publicó bajo el título Biblia anotada por Scofield).

 Principales fuentes:

DALLIMORE, Andrew.  The Life of Edward Irving.  The Fore-Runner of the Charismatic Movement.  Edinburgh: Banner of Truth, 1983.

Douglas, J. D., ed.  The New Internacional Dictionary of the Christian Church.  Grand Rapids: Zondervan, 1978.

Grau, José.  Curso de formación teológica evangélica, Vol. VII: Escatología I (Amilenial). Barcelona: CLIE, 1977; pp. 172-185.

McPHERSON, Dave. The Incredible Cover-Up: The True Story of the Pre-Trib Rapture.  New Jersey: Logos International, 1975.

Murray, Ian.  The Puritan Hope: Revival and the Interpretation of Prophecy.  Edinburgh: Banner of Truth, 1971.

PIERCE, Robert L.  The Rapture Cult.  Religious Zeal And Political Conspiracy.  Disponible en: http://www.reformed-theology.org/html/books/rapture/index.html

WARFIELD, B. B.  “Irvingite Gifts.”  Disponible en: http://christianbeliefs.org/books/cm/cm-irving.html

WESTON, C. G.  Analyzing Scofield.  Disponible en: http://www.gospeltruth.net/scofield.htm

“The Catholic Origins of Futurism and Preterism.”  Disponible en: http://www.aloha.net/~mikesch/antichrist.htm.

 

[1] Este libro está disponible para su estudio en la Biblioteca James White en Michigan.

[2] Belarmino escribió dos catecismos y varios libros; llegó a ser el principal apologista de catolicismo-romano postridentino (es decir, posterior al Concilio de Trento que oficializó la postura anti-reformada de la Iglesia Romana); fue también asesor y funcionario de las cortes papales de Sixto V, Clemente VIII, y Paulo V, llegó a ser cardenal de Capua, y estuvo cerca de ser nombrado papa.  Pío XI lo canonizó en 1930, y en 1931 y lo declaró “Doctor de la Iglesia.”

[3] Recientemente ha sido reimpreso bajo el título A treatise of Antichrist.  Conteyning the defence of Cardinall Bellarmines arguments, which inuincible demonstrate, that the pope is not Antichrist.  Against George Downam by Michael Christopherson priest…, Volume 1 of 2 by Michael Walpole (1570-1624?), reimpresión de una edición de 1613, hecha en 1974, por Scolar Press Limited, Ilkley, England, ISBN 0859672042.

[4] Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=3479&portal=3

[5] De Lacunza tuvo que dejar el continente americano durante la expulsión de los jesuitas, y en 1824 su libro fue incluido en el Index librorum prohibitorum.

[6] En Londres, Irving conoció y se hizo amigo del poeta inglés de la corriente del romanticismo Samuel Taylor ColeridgeColeridge persuadió a Irving de su pesimismo y de que el mundo empeoraría cada vez más hasta encontrarse pronto bajo el inminente juicio de Dios.  En mayo de 1824, para el aniversario de la Sociedad Misionera de Londres, Irving predicó un sermón que causó reacciones encontradas por su contenido profético pesimista.  En 1825 Irving cayó bajo la influencia de James Hatley Frere (ver infra nota al pie 6) quien lo convirtió al premilenialismo, y a la idea de una segunda venida “invisible” del Señor.  También en 1825, Irving dio una conferencia para la Sociedad Continental que levaba el mismo título que su libro Babilon and Infidelity Foredoomed.  En dicho libro pronosticó la inminente venida de una serie de juicios y “temibles perplejidades” en preparación a “la inminente venida de Cristo y de Su reino.” También advertía que el trabajo misionero, especialmente en el sur de Europa (donde se concentraban los esfuerzos de la Sociedad Continental) era inútil, pues el juicio de Dios caería pronto sobre estas tierras del otrora Imperio Romano.  La navidad de ese mismo 1825, Irving comenzó a enseñar a su numerosa congregación las especulaciones escatológicas de Frere.

[7] En 1815 Frere publicó un libro titulado Una perspectiva combinada de las profecías de Daniel, Esdras, y San Juan (el Esdras referido no es el libro canónico sino el libro apócrifo de 2º de Esdras).  Dicho libro contiene la afirmación, sin precedente en la historia de la Iglesia, de que la segunda venida del Señor no sería un evento literal sino espiritual (invisible), y que ocurriría entre 1822 y 1823.  Ningún ministro, predicador, ni mucho menos teólogo, lo tomó en serio,  hasta que logró convencer a Irving.

[8] M. Lacunza, The Coming of Messiah.  Preliminary Discourse by the transl. by E. Irving (L. B. Seely and Son, London, 1827), 2 vols.  Algunos extractos relevantes para el asunto de referencia están disponibles en: http://www.aloha.net/~mikesch/antichrist.htm.

[9] Aunque puede decirse que, en algún sentido, el pentecostalismo y carismatismo son una versión moderna de la antigua herejía montanista, no deja de haber invenciones novedosas en dichas expresiones modernas.  Fue A. J. Scott quién primero implantó en Irving las ideas carismáticas de dos estadíos en la vida cristiana, el primero siendo la regeneración, y el segundo siendo el bautismo del Espíritu Santo evidenciado mediante el ejercicio del “don de lenguas.”

[10] En la misma dirección herética, Irvin publicó en 1830 The Orthodox and Catholic Doctrine of Our Lord’s Human Nature (La doctrina ortodoxa y católica de la naturaleza humana de nuestro Señor).

[11] Henry Drummond (1786-1860), influyentísimo aristócrata, político, y banquero británico; asociado con los movimientos sionista, anglo-israelista, carismático y premilenialista.  Tuvo una “experiencia religiosa” en 1817.  A partir de entonces se unió a la Sociedad Continental y otras agencias evangélicas.  Auspició los congresos proféticos de Albury Park (nombre de su mansión campirana) de 1826 a 1830.

[12] Margaret McDonald, “predicadora” pentecostal escocesa de Port Glasgow, Escocia.  A final de los 1820’s, la familia McDonald alcanzó notoriedad en su comunidad por realizar milagros de sanidad y hablar en lenguas.  En abril de 1830, a la edad de quince años, tuvo una “visión profética” en la que se dividía la segunda venida del Señor en dos partes, y se hablaba de un inminente “rapto secreto” de creyentes antes de la aparición del anticristo y la “tribulación.”  Esta fue la primera aparición de esta idea en toda la historia del cristianismo.  McDonald le comunicó sus visiones a Irving, quien las promovió (sin mencionar su origen) ese mismo año en el congreso profético en Powerscourt Castle (a las afueras de Dublín, Irlanda).  Ver Dave McPherson, The Incredible Cover-Up: The True Story of the Pre-Trib Rapture, New Jersey: Logos International, 1975.  MacPherson cita profusamente el libro La restauración de los apóstoles y profetas: En la Iglesia Apostólica Católica, escrito en 1861 por el Rev. Robert Norton, médico, clérigo y miembro de la Catholic Apostolic Church (la secta fundada por Edward Irving).

[13] En 1830 Irving fue citado por el Presbiterio de Londres (Iglesia de Escocia) para responder acerca de su enseñanza herética sobre la supuesta naturaleza pecaminosa del Señor Jesucristo, exhortándolo a que se arrepintiera.  Por toda respuesta Irving se separó del Presbiterio (con todo y congregación y templo) pretextando la apostasía de la Iglesia, y fundó junto con Henry Drummond la “Iglesia Apostólica Católica” (precursora de los movimientos y sectas carismático-pentecostales).  En 1832, Irving y sus seguidores fueron lanzados del edificio de Regent Square, perteneciente a la Iglesia de Escocia, y el año siguiente Irving fue depuesto del ministerio por dicha Iglesia.

 

[Ver también: Amplicación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sede; La profecía de las setenta “semanas” de Daniel 9:20-27La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4)Origen de la expresión bíblica “postreros días” o “últimos tiempos” (eschaton)El reino del Mesías y Su IglesiaEste mundo está lleno del poder redentor de DiosLa historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del MesíasEl comienzo de los postreros días en PentecostésExaltación y entronización del Señor JesucristoEl reino universal del Mesías (Salmo 72:8-11)La profecía de Noé (Gen. 9:25-27) y su cumplimiento en el Nuevo TestamentoDos acercamientos al estudio de la Biblia: teología sistemática y teología bíblica (con análisis literario).]

_________________

Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church in America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta última estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (El reino universal del Mesías (Salmo 72:8-11)México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.  

La música en la Iglesia occidental en tiempos previos a la Reforma

Por: Alejandro Moreno Morrison.

Hay quienes piensan, erróneamente, que durante la llamada Edad Media y el Renacimiento no había mucha música en las iglesias europeas, o que toda la música usada en las iglesias era lenta, monótona, ritual, “demasiado” reverente (como si tal cosa fuera posible), o “aburrida.”  La evidencia histórica, no obstante, demuestra lo contrario.

La corrupción o deformación que sufrió la Iglesia occidental durante la Edad Media afectó también a la música que era usada en los cultos supuestamente para la adoración de Dios.  Hacia el inicio del S. XVI, la situación en la composición coral y el canto en las iglesias era caótica:

…se desencadenó una orgía licenciosa de música.  Era difícil explicar con reverencia lo que pasó…  Ha sido descrito por los contemporáneos de aquella época que lo sufrieron, y si la mitad de lo que dicen es cierto, debe haber sido como un rag-time desquiciado.[1]

Henry Bruinsma, antiguo profesor de Música en Calvin Collage, nos da esta descripción de la música en la Iglesia a principios del S. XVI:

La música para muchas de las misas, cantada a cuatro o más voces por el coro, era muy a menudo basada en una canción popular secular.  Por ejemplo, hubo más de treinta misas escritas durante el S. XVI basadas en la melodía popular L’Homme Arme’ (El hombre armado).  Mientras una voz cantaba la melodía original con la letra secular, las otras voces cantaban elaboradas contra-melodías con letras religiosas.[2]

Ulrico Zuinglio también da testimonio, indirectamente, en Las 67 conclusiones (1523) del caos que prevalecía en el culto de las iglesias europeas.

zuinglio-u-adoracion-verdadera-y-falsa

¿No es el cuadro hasta aquí descrito muy parecido a lo que la lucrativa industria de la llamada “música cristiana contemporánea” ha estado vendiéndole al mundo evangélico?  Música mundana, no reverente ni conducente al culto del Dios altísimo, con letras “religiosas” cursis, sentimentaloides, y a menudo heréticas o al menos doctrinalmente vacías.  Nuevamente la historia nos enseña que lo que llamamos “moderno” o “contemporáneo” no es tal, y que quienes creen estar a la vanguardia realmente están repitiendo errores y deformaciones añejas y otrora superadas.

La situación de la música en la Iglesia occidental llegó a ser tal en los albores de la Reforma, que las diversas ramas de la Reforma, ¡y aun el Vaticano!, tenían esta crisis en sus agendas de vicios que tenían que ser corregidos.

En el campo romanista, hasta el Concilio de Trento contempló la posibilidad de seguir a Ginebra en la medida de emergencia adoptada en un algún momento para poner remedio a esa situación, es decir, excluir del todo la música del culto, en vista de que, “la música se había vuelto tan secular que ya no era posible restaurarla a un lugar de valor en la adoración.”[3]  De no haber sido porque compositores de la Iglesia romana como Palestrina, Orlando Di Lasso, Vittoria,[4] y Jacobus Kerle,[5] comenzaron a producir música apta para la adoración, dicha Iglesia hubiese tenido que abolir del todo la música en el culto.[6]

En el ámbito protestante, Martín Lutero (quien contaba con conocimientos y habilidades musicales) se dio a la tarea de componer y compilar melodías reverentes y conducentes para la adoración a Dios, y de publicar himnarios, de manera que todos los cristianos (y no sólo los coros) pudiesen entonar los salmos y paráfrasis de textos bíblicos.  Lamentablemente, en virtud de que Lutero no sostenía el principio regulador o regulativo de la adoración, no reformó del todo el canto en la iglesia, dándole lugar también a himnos tradicionales de la Iglesia, cantatas, y misas para ser entonadas por coros y no por toda la congregación.   Con todo, empero, las melodías eran reverentes y conducentes a la adoración.

En el ámbito anglicano, a pesar de que la Iglesia de Inglaterra no cree en el principio regulador, por décadas, la música y el canto fueron desterrados del todo del culto público anglicano.

En el ámbito reformado (o “calvinista”), una vez superado el caos que había imperado, se enfatizó el deber y derecho de toda la congregación de participar activamente en el culto mediante el canto congregacional, a diferencia de los catolicorromanos que desestimaban el canto congregacional, tal y como sucede hoy día en el evangelicalismo que da un lugar protagónico si no es que exclusivo al “líder de alabanza” o “grupo de alabanza.”  Dicha práctica contraría la doctrina neotestamentaria del sacerdocio universal de los creyentes.

Habiendo abolido en un principio el uso de la música en el culto como una medida de emergencia, dada la corrupción a la que se había llegado, los reformadores “calvinistas” (incluyendo al propio Calvino en Ginebra) encargaron a los mejores compositores de filiación reformada a su disposición la composición de melodías reverentes y conducentes a la adoración pública de Dios, para que toda la congregación cantara los salmos y no solamente un grupo “selecto” como sucedía en el ámbito catolicorromano y parcialmente en el ámbito luterano que conservó los coros y los cantos que estos cantaban exclusivamente, es decir, sin la congregación.

Lamentablemente, hoy en día la mayoría de las iglesias que se dicen Reformadas han perdido la brújula bíblico-doctrinal que guió a los reformadores en la reforma de la música y el canto para la adoración pública de Dios, y consecuentemente han perdido el legado de ortodoxia y ortopraxis de la adoración a Dios mediante el canto congregacional de los salmos con melodías aptas para tal propósito.

Una de las pocas melodías que han sobrevivido a la marea mercantilista y trivializadora de la música “cristiana” es la que hoy se utiliza comúnmente para la doxología “A Dios el Padre celestial.”  Esta melodía, mejor conocida como The Old Hundredth, fue compuesta en 1551 por Louis de Bourgeois como parte del Salterio ginebrino para entonar el Salmo 100 (ver Salmo 100 para canto congregacional).  Dicho salterio fue encargado y publicado por el consistorio de la Iglesia de Ginebra en tiempos de Juan Calvino.

De hecho, muchas de las melodías del Salterio ginebrino fueron usadas a su vez en el Salterio escocés, y algunas de ellas siguen estando presentes en los himnarios que usamos pero, lamentablemente, ya no para alabar a Dios con las palabras que Él nos dejó para tal fin, los Salmos inspirados, sino para entonar himnos de autoría humana.

[1] Charles V. Standford & Cecil Forsyth, The History of Music, p. 138.  Citado en Horton Davies, Worship and Theology in England.  Book I: From Cranmer to Baxter and Fox, 1534-1690 (Grand Rapids: Eerdmans, 1996), p. 377.

[2] Henry Bruinsma, “John Calvin and Church Music,” en The Outlook, Vol. 51, No. 2, February 2001; p. 5.

[3] Ibid.

[4] Ver Davies, op. cit.

[5] Ver Bruinsma, op. cit.

[6] Ver Davies, op. cit.

___________

Nota editorial: Versión revisada (2016, 2017) de la versión original publicada por la revista El Faro (México, ca. 2008). 

Ver también: El culto de la sinagoga como modelo del culto de la Iglesia apostólica; Salmo 67 para canto congregacionalSalterio de ginebra en español, letra y músicaLa luz de la naturaleza es insuficiente para prescribir el culto (texto en imagen JPG)La espiritualidad del culto público en la Iglesia del Nuevo TestamentoLa enseñanza bíblica sobre la adoración pública del Dios verdadero (video-conferencia)Dos sermones sobre Éxodo 32:1-33:6, episodio del becerro de oro (audios); Pretender adorar a Dios en cualquier forma no prescrita por Él es superstición e idolatríaSermón temático: Soli Deo gloria (audio)La espiritualidad de la verdadera adoración en el Nuevo Testamento.

____________

Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), el Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En el Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church of America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta último estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.