La luz de la naturaleza es insuficiente para prescribir el culto (texto en imagen JPG)

Por Anthony Burgess.

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Ver también: La música en la Iglesia occidental en tiempos previos a la Reforma; La enseñanza bíblica sobre la adoración pública del Dios verdadero (video-conferencia)BURGESS, Anthony. Vindiciae legis, Rom. 2.14-15, ley natural, luz naturaleza (presentación PPT); Anthony Burgess sobre la ley natural (Romanos 2:14-15)Puritanismo como un movimiento de avivamiento, 1 (a)La espiritualidad del culto público en la Iglesia del Nuevo TestamentoSerie de sermones de Hechos 1:1 al 2:41 (audios)Dos sermones sobre Éxodo 32:1-33:6, episodio del becerro de oro (audios)El “Salterio ginebrino” o “Salterio de Ginebra” en españolSalmo 67 (para canto congregacional)Salmo 100 (para canto congregacional)El culto de la sinagoga como modelo del culto de la Iglesia apostólicaPretender adorar a Dios en cualquier forma no prescrita por Él es superstición e idolatríaSermón temático: Soli Deo gloria (audio)El 2º mandamiento prohíbe las imágenes (aunque sean sólo para fines didácticos o de ornamento) — “Catecismo de Heidelberg” y comentario de UrsinoSermón expositivo de Juan 4:1-42; el diálogo entre el Señor Jesús y la mujer Samaritana (audio)La espiritualidad de la verdadera adoración en el Nuevo Testamento.

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

Anthony Burgess, reformador inglés, fue miembro de la Asamblea de Westminster y del comité redactor del Capítulo 19 sobre la Ley de Dios de la Confesión de fe de Westminster.  Su libro Una vindicación de la ley moral y los pactos es fundamental para la correcta interpretación de la doctrina de la ley de Dios en la Confesión de fe de Westminster. Las conferencias de Burgess que luego fueron publicadas como libro (1646) fueron dictadas en una iglesia en Londres inmediatamente antes y durante el periodo en que la Asamblea discutió dicho Cap. 19 de la Confesión de fe de Westminster.  En su introducción a la edición facsimilar electrónica del libro de Burgess (Reformation Heritage Books, 2011), Stephen J. Casselli escribe: “Vindiciae  Legis provee una explicación exegética y teológica consonante con la enseñanza del Cap. XIX de la Confesión de fe de Westminster”(la edición referida, en el original inglés, está disponible gratuitamente aquí).

 

 

La doctrina de la luz de la naturaleza en el libro “La ley divina para el gobierno eclesiástico”

Por varios teólogos de la Asamblea de Westminster.

Introducción, selección y traducción por Alejandro Moreno Morrison.
Introducción

El libro Ius divinum regiminis ecclesiastici  (La ley divina para el gobierno de la Iglesia) fue escrito ca. 1646 por “varios ministros de Cristo en la ciudad de Londres,” que conformaban la mayoría presbiteriana en la Asamblea de Westminster.  Su propósito es demostrar que la forma presbiteriana de gobierno de la Iglesia es el único régimen de origen y designio divino.  Fue escrito en el contexto de una polémica cordial pero franca contra el congregacionalismo, el episcopalianismo  y el erastianismo que unos pocos miembros de la Asamblea de Westminster sostenían.  El capítulo 3 (pp. 10-12) versa sobre las maneras en que algo puede decirse que es por ley o institución (ius) divina, y enlista cinco maneras en orden ascendente de importancia.  La primera es “la luz de la naturaleza.”  La Asamblea de Westminster (no sólo la mayoría presbiteriana sino todos sus miembros) sostenía que también en la “ley natural,” la “ley escrita en los corazones” (Rom. 2:14-15), el Señor ha revelado a la humanidad en general algo de Su ley y sabiduría eternas para el orden y gobierno de los estados y de la Iglesia.

En los fragmentos que siguen he traducido consistentemente la palabra latina ius como ley para evitar la confusión a la que en la era moderna se presta la palabra “derecho,” que puede interpretarse en el sentido de algo a lo que alguien es acreedor.  En la obra citada la palabra ius es usada en el sentido de sistema normativo vinculativo (obligatorio).

Los siguientes fragmentos están tomados de dicho Capítulo 3 del libro referido.

La doctrina de la luz de la naturaleza en IUS DIVINUM (carátula)

De la naturaleza de una LEY DIVINA en particular.  En cuántas manera algo puede ser por LEY DIVINA.  Y primero, de una LEY DIVINA por la luz de la naturaleza.

Una cosa puede decirse que es por ley divina, o… por institución divina, en diversas maneras: 1. Por la verdadera luz de la naturaleza

I. Por la luz de la naturaleza.  Aquello que es evidente mediante, y consonante con la verdadera luz de la naturaleza, o la razón natural, ha de ser considerado como ley divina en asuntos de religión.  Por lo tanto, dos cosas deben discernirse de la Escritura.  1. Lo que significa la verdadera luz de la naturaleza.  2. Cómo puede probarse que las cosas que en religión son evidentes mediante, o consonantes con esta verdadera luz de la naturaleza son por ley divina.

1. …  La luz de la naturaleza puede ser considerada de dos maneras.  1. Como estaba en el hombre antes de la caída…  2. Como es ahora tras la caída.  La luz de la naturaleza e imagen de Dios no están totalmente abolidas y arrasadas por la caída; quedan aún algunos restos y fragmentos de ellas, algunos destellos, auroras, y principios comunes de luz, tocantes a la piedad hacia Dios, a la equidad al hombre, y a la sobriedad hacia uno mismo, etc., como es evidente comparando estos pasajes, Salmo 19; Hechos 14:17, y 17:27-28; Romanos 1:18-21, y 2:12, 14-15; 2 Corintios 5:1) es claro: 1. Que el libro de las creaturas puede (sin las Escrituras, o la revelación divina) hacer conocer al hombre mucho de Dios, su deidad invisible y atributos… tanto como para dejarlos sin excusa…  2. Que queda tanta luz en las mentes aun de los paganos, como para hacerlos capaces de instrucción mediante la creatura en las cosas invisibles de Dios; sí, y que realmente en alguna medida conocieron a Dios, y porque no anduvieron conforme a este conocimiento fueron castigados (Rom. 1:18-21, 24-32).  3. Que la obra de la ley (aunque no el correcto fundamento, la manera, y el fin de esa obra, que es la bendición del nuevo pacto (Jer. 31:33; Heb. 8:10) fue escrita en alguna medida en sus corazones.  En parte porque hacían por naturaleza sin la ley las cosas contenidas en la ley, siendo así una ley para sí mismos (Rom. 2:14-15); en parte, porque por naturaleza resistieron algunos de esos pecados que fueron prohibidos en la ley, y fueron practicados por algunos que tenían la ley (2 Cor. 5:1); y en parte, porque conforme al bien y mal que hicieron, sus conciencias los acusaron o excusaron, Romanos 2:15.  Ahora bien, la conciencia no acusa o excusa sino conforme a una regla, principio, o ley de Dios (que está por encima de la conciencia), o al menos que se suponga que es así.  Y no tenían ley sino los caracteres imperfectos de la misma en sus corazones, que no fueron del todo borradas por la caída.  Ahora bien, en la medida en que esta luz de la naturaleza después de la caída es un verdadero remanente de la luz de la naturaleza antes de la caída, lo que sea conforme con esta luz puede ser contado como de derecho divino en asuntos de religión…

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…  Dios mismo es la Fuente y Autor de la verdadera luz de la naturaleza; por lo que algunos no inapropiadamente la llaman la divina luz de la naturaleza, no sólo porque tiene a Dios por su objeto, sino también porque Dios es su principio; ahora bien, lo que es conforme a la manifestación de Dios necesariamente tiene que ser por ley divina.

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Textos en formato PowerPoint: IUS DIVINUM. Luz de la naturaleza.

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Ver también: Anthony Burgess sobre la ley natural (Romanos 2:14-15); Calvino sobre la ley natural (conocimiento innato de las semillas de equidad y justicia) para el gobierno del estado y el orden social; Calvino sobre la ley natural y contra el teonomismo; La ley de la naturaleza en la tradición agustiniano-reformada (album de imagenes jpg)Influencia del calvinismo y del puritanismo en el pensamiento político de las colonias británicas en el norte de América (siglos XVII y XVIII)Los puritanos del S. XVII y las ciencias, la cultura, y la educaciónLa ley natural en el libro “Lex, rex” de Samuel Rutherford.

La fe de los estatistas

Por Alejandro Moreno Morrison.

Dedicado al Rev. Dr. Ronald H. Nash, querido hermano en Cristo, maestro y amigo. In memoriam.

El estatismo es una religión secular, es decir, una religión que no tiene pretensiones de trascendencia; por eso es que para algunos no parece ser una religión en el sentido más común y acostumbrado del término.  El estatismo es una derivación del humanismo secular y se basa en la creencia (fe) de que los seres humanos son capaces de superar por medio del “estado” todos sus problemas.  Consecuentemente, “el estado” es elevado a la categoría de ser supremo (dios), del cual se espera que fluyan bendiciones terrenales de todo tipo (que a menudo son meros deseos carnales y egoístas).  Consiguientemente, según esta religión, los individuos deben confiarle (y de ser necesario aun sacrificarle) sus vidas, bienes y demás recursos, a fin de que dicho estado cuente con lo necesario para cuidar de ellos “desde la cuna y hasta la tumba.”

Los estatistas cifran, por lo tanto, su esperanza de felicidad terrenal en el estado o, más concretamente, en el agente del estado que es el gobierno, y centran sus esfuerzos en que dicho ídolo cuente con todas las condiciones necesarias para producir los resultados anhelados.  Así, el estatismo no es sino una más de las versiones modernas-postmodernas del cuadro que presenta el Señor, y del que se burla, en Isaías 44:9-20:

Los que fabrican ídolos no valen nada;
inútiles son sus obras más preciadas.
Para su propia vergüenza,
sus propios testigos no ven ni conocen.
¿Quién modela un dios o funde un ídolo,
que no le sirve para nada?
Todos sus devotos quedarán avergonzados;
¡simples mortales son los artesanos!
Que todos se reúnan y comparezcan;
¡aterrados y avergonzados quedarán todos ellos!

El herrero toma una herramienta,
y con ella trabaja sobre las brasas;
con martillo modela un ídolo,
con la fuerza de su brazo lo forja.
Siente hambre, y pierde las fuerzas;
no bebe agua, y desfallece.
El carpintero mide con un cordel,
hace un boceto con un estilete,
lo trabaja con el escoplo
y lo traza con el compás.
Le da forma humana;
le imprime la belleza de un ser humano,
para que habite en un santuario.
Derriba los cedros,
y escoge un ciprés o un roble,
y lo deja crecer entre los árboles del bosque;
o planta un pino, que la lluvia hace crecer.
Al hombre le sirve de combustible,
y toma una parte para calentarse;
enciende un fuego y hornea pan.
Pero también labra un dios y lo adora;
hace un ídolo y se postra ante él.
La mitad de la madera la quema en el fuego,
sobre esa mitad prepara su comida;
asa la carne y se sacia.
También se calienta y dice:
«¡Ah! Ya voy entrando en calor,
mientras contemplo las llamas.»
Con el resto hace un dios, su ídolo;
se postra ante él y lo adora.
Y suplicante le dice:
«Sálvame, pues tú eres mi dios.»

No saben nada, no entienden nada;
sus ojos están velados, y no ven;
su mente está cerrada, y no entienden.
Les falta conocimiento y entendimiento;
no se ponen a pensar ni a decir:
«Usé la mitad para combustible;
incluso horneé pan sobre las brasas,
asé carne y la comí.
¿Y haré algo abominable con lo que queda?
¿Me postraré ante un pedazo de madera?»
Se alimentan de cenizas,
se dejan engañar por su iluso corazón,
no pueden salvarse a sí mismos, ni decir:
«¡Lo que tengo en mi diestra es una mentira!»

Es entendible que quienes no conocen al Dios verdadero ni Su verdad revelada consignada en la Biblia abracen el estatismo; después de todo, como dice el dicho popular, “El que no conoce a Dios ante cualquier ídolo se inclina.”  Lo que es muy triste es que haya cristianos que caen en la trampa de esta forma de idolatría.  Esto nos muestra el desconocimiento que hay en las iglesias con respecto a la enseñanza bíblica acerca del gobierno, para empezar; pero también acerca del hombre y de la Iglesia, por decir lo menos.

El gobierno es una institución de origen divino, en el sentido de que fue Dios quien lo instituyó.  Desde este punto de vista, la anarquía (la falta de facto de un gobierno o “cabeza”) y el anarquismo (la idea de que la humanidad estaría mejor sin gobiernos) son contrarios al orden divino.  Pero no debemos olvidar que el gobierno es también una institución humana, en el sentido de que es operada por seres humanos.

En virtud de la caída, la totalidad del ser humano ha sido dañada por el pecado. Todo aquello que es humano es no solamente finito y limitado, sino que también está corrompido por el pecado, y no hay remedio humano para tal condición.  El estatismo tiene la vana ilusión de que la suma y organización de los esfuerzos humanos, encabezados por el gobierno, pueden sacar a la humanidad de los predicamentos derivados de su finitud y pecaminosidad (aunque claro, como humanistas, creen que “el Hombre” –con “h” mayúscula para que nadie se vea a sí mismo y se dé cuenta de lo ridículo de la creencia—no es finito ni pecaminoso).  Esta fe de los estatistas nos recuerda, por cierto, el fallido intento de construir la Torre de Babel.

“El corazón del hombre—decía Juan Calvino—es una fábrica de ídolos.”  Y al igual que con otras criaturas, la humanidad ha tomado la institución del gobierno (creada por Dios) y la ha hecho objeto de una fe y devoción de las que solamente es digno Dios el creador y sustentador del universo.  Y así como el idólatra neciamente pone su esperanza en un leño que sólo puede rendirle ciertos servicios muy limitados (Isaías 44:14-17), quienes ponen su fe en “el estado,” y/o concretamente en el gobierno o los gobernantes que lo encabezan, neciamente esperan recibir de ellos beneficios que están fuera de su muy limitada capacidad, y que van en contra del propósito divino para el gobierno y los gobernantes.

La religión estatista nos induce a orar (pedir) al gobierno y a esperar de él toda clase de satisfactores, en tanto que la Biblia, por el contrario, nos instruye esperar de Dios todos nuestros satisfactores y a orar (pedir) a Dios por el estado (o polis, “ciudad” –ver Jeremías 29:7) y por los gobernantes (1ª Timoteo 2:1-2), pues somos todos criaturas limitadas y pecaminosas que, como los habitantes de la orgullosa ciudad de Nínive, “no saben distinguir entre su mano derecha y su mano izquierda” (Jonás 4:11).

Finalmente, la fe de los estatistas acarrea, no solamente la frustración de sus fieles, como resultado de la impotencia de los gobiernos y los gobernantes para cumplir sus promesas, sino también el juicio de Dios, como sucede con toda idolatría.

En contraste con el estatismo, la única expectativa que la Biblia menciona explícitamente que debemos tener respecto de los gobiernos y los gobernantes es que mantengan la seguridad pública e impartan justicia, que castigue a quien hace lo malo, y protejan así al resto de la comunidad:

Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo… Porque es un servidor de Dios para tu bien… si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que practica lo malo… Pues por esto pagáis también los tributos, porque son funcionarios de Dios, dedicados continuamente a esto mismo… (Romanos 13:3-6).

A los cristianos debe quedarnos muy claro que la Biblia no nos autoriza a cifrar en el gobierno nuestras esperanzas de bienestar y prosperidad material, ni mucho menos nuestra felicidad.

Claro está que lo anterior suena del todo “políticamente incorrecto” en nuestro mundo moderno-postmoderno, especialmente por lo que se refiere a la beneficencia o ayuda a los pobres, mejor conocida bajo nombres como “justicia social” y eufemismos semejantes.  Este tema es amplio y complejo, por lo que aquí sólo voy señalar dos puntos.

El primero y menos importante es que los estudios más avanzados en economía demuestran que uno de los principales factores para alcanzar bienestar material en una sociedad es la debida observancia de un orden jurídico que efectivamente proteja la libertad y los derechos de quienes actúan correctamente y castigue a quienes violentan la dignidad, integridad, libertad y demás bienes de sus semejantes.

El segundo y más importante es que lo que el mundo llama “justicia social” o “responsabilidad social,” la Biblia lo llama misericordia, y lo califica como un deber personal que cada ser humano tiene frente Dios respecto de su prójimo en necesidad. ¿Puede entonces un cristiano creer que Dios aceptará como obra de misericordia una boleta electoral tachada a favor de tal o cual partido o candidato? ¡Por supuesto que no!

He ahí otro efecto nocivo del estatismo: al engrandecer indebidamente las expectativas respecto del gobierno termina minimizando las expectativas que Dios tiene de nosotros en lo individual y como Iglesia.  Los presupuestos y programas gubernamentales, las leyes y las agencias burocráticas, no pueden amar porque no son personas.  Por eso Dios ha encargado el delicado ministerio de la misericordia a personas, y particularmente a aquéllos que hemos experimentado Su amor y misericordia.  Tratándose del cuidado de los necesitados, Dios no va a pedirle cuentas al “estado” ni al “gobierno.”  A los gobernantes pedirá cuentas respecto de la preservación del orden y la paz y del castigo a los que hicieron mal.  Y a todos los seres humanos Dios va pedir cuentas del cuidado que hayamos tenido o no con los necesitados que puso en nuestro camino, y de la manera en que hayamos usado los recursos (bendiciones) que Él puso en nuestras manos.  Esta obligación y responsabilidad que tenemos delante de Dios no podemos delegársela al gobierno.

Así pues, la fe de los estatistas viola el primer y más grande mandamiento, al confiar en, y servir a, un dios falso, y también el segundo, al no amar al prójimo pretendiendo que sea el gobierno quien cumpla en su lugar con ese deber.

Nota editorial: La versión original de este artículo fue publicada en 2007 en la revista El Faro de la Iglesia Nacional presbiteriana de México.  Revs. 2010, 2016, y 2017.

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Alejandro Moreno Morrison, de nacionalidad mexicana, es un abogado y teólogo reformado. Fue educado en la Escuela Libre de Derecho (México), Reformed Theological Seminary Orlando, y la Universidad de Oxford.  En Reformed Theological Seminary Orlando fue asistente del Rev. Dr. Richard L. Pratt, y del Rev. Dr. Ronald H. Nash.  Ha ministrado como maestro de doctrina cristiana y Biblia y como predicador en diversas iglesias y misiones de denominaciones como la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana de México, la Iglesia Nacional Presbiteriana Conservadora de México, la Presbyterian Church in America, la Presbyterian Church of Ireland, y la Reformed Presbyterian Church North America Synod.  Con esta última estuvo a cargo de una misión durante 2014.  También ha sido profesor invitado de Teología Sistemática, Ética, Evangelismo, y Apologética en el Seminario Teológico Reformado de la Iglesia Presbiteriana Reformada de México, y de Sistemas Políticos Contemporáneos en la Facultad de Derecho de la UNAM (México).  Desde 2010 es profesor adjunto de Filosofía del Derecho en la Escuela Libre de Derecho.