Jerusalén: Lugar del fin de la antigua era

Por Bruce K. Waltke (ThD, PhD)

Fragmento tomado de An Old Testament Theology.  An Exegetical, Canonical and Thematic Approach (Grand Rapids: Zondervan, 2007), pp. 566-567.

En llamativo contraste con [la] inesperada exaltación retórica de Galilea para tener el papel de honor en el inicio de la nueva era, Jesús predice que Jerusalén será aniquilada durante la generación que lo mató.  Su predicción fue cumplida en el año 70 dC.

Veamos esa predicción con más detalle.  Después de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (Mat. 21:1-11) y de su purificación del templo (21:12-17), Mateo anticipa esta destrucción de la ciudad y el fin de la antigua era mezclando los relatos de la incredulidad y rechazo de las autoridades judías (21:23-27, 28-32; 22:15-22, 23-33, 34-46) con la simbólica maldición de Jesús a la higuera (21:18-22), sus parábolas de los labradores (21:33-46) y del banquete de bodas, y sus siete ayes sobre las autoridades judías en Jerusalén (23:1-36).  La higuera estéril simboliza el templo con su ritual estéril y por ello lista para su destrucción.[1]

Similarmente, las tres parábolas polémicas en 21:28-22:14 están todas dirigidas contra las autoridades judías en Jerusalén y están enfocadas a identificar al verdadero pueblo de Dios como aquellos que obtienen su favor en contraste con las autoridades de la ciudad, quienes obtienen su ira.  Como un puente al discurso del Monte de los Olivos que predice la aniquilación de la ciudad (Mat. 24; Mar. 13), Mateo registra las últimas palabras de Jesús al pueblo de Jerusalén: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta…  no me veréis más hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor” (23:38-39).

Mateo 24 presenta la enseñanza privada de Jesús a los discípulos después de que simbólicamente deja el templo para ir al Monte de los Olivos.  Ese movimiento recrea la visión de Ezequiel de la gloria de Dios dejando el templo de Salomón y deteniéndose en el mismo monte [Ez. 11:22-24] justo antes de la destrucción de Jerusalén en 586 aC.  En su enseñanza privada Jesús les dice que Jerusalén será destruída en su generación (ver “Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén“).  Ningún pasaje del Nuevo Testamento predice o cita alguna profecía del Antiguo Testamento que diga que será reconstruido.  [Blas] Pascal lo puntualiza así:

Cuando Nabucodonosor llevó cautivo al pueblo, en caso de que creyesen que el cetro había sido removido de Judá, Dios le dijo [a Israel] de antemano que su cautividad no duraría mucho tiempo, y que serían restaurados (Jeremías 29:10).  Fueron confortados a lo largo de ese tiempo por los profetas, y su casa real continuó.  Pero la segunda destrucción vino [en 70 dC] sin ninguna promesa de restauración—sin tener profetas, sin reyes, sin consolación y esperanza, porque el cetro ha sido para siempre removido del [Israel nacional].[2]

Esta caracterización de Galilea como el lugar para proclamar la nueva era y de Jerusalén como el lugar para la aniquilación marca un cambio decisivo de la antigua era a la nueva.  Mateo y Marcos intencionalmente niegan las expectativas judías de que Jerusalén continuará teniendo un papel en la historia de la salvación después de su destrucción en 70 dC.  Implícitamente, entonces, las profecías del Antiguo Testamento acerca de la gloria futura de Jerusalén deben encontrar su cumplimiento en modos que se conforman con la transmutación del reino de Dios de un reino terrenal a un reino espiritual.

[1] W. R. Telford, The Barren Temple and the Withered Tree (Journal for the Society of the Old Testament Supplement Series 1; Sheffield, 1980).  Carolyn Osiek en una comunicación personal llama la atención al ensayo de un estudiante que cita Ze’ev Safrai, The Economy of Roman Palestine (New York: Routledge, 2001), a efecto de que debido a que los higos no maduran todos al mismo tiempo, el cosechador tiene que regresar día con día.  Natanael sentado bajo una higuera (Juan 1:47-49) es una expresión de expectación y esperanza por la restauración del templo.  Más aún, Natanael estaba en oración; presumiblemente, como Simeón, está orando por el reino de Dios.  Natanael cree en Jesús porque Jesús sabía su excepcional carácter aún antes de que Jesús lo conociera (Safrai, 136-37).

[2] Citado por James M. Houston, The Mind on Fire (Vancouver: Regent College Publishing, 1989), p. 200.  [Blas Pascal, científico, matemático, filósofo y teólogo francés, hace numerosas referencias, en sus Pensamientos, a las profecías bíblicas en general, y en particular las mesiánicas, como una de las pruebas peculiares e irrefutables de la veracidad de la Biblia y de la deidad del Señor Jesucristo.  (Nota del traductor).]

 

[Ver también: La profecía de las setenta “semanas” (Daniel 9:20-27)Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañasExaltación y entronización del Señor JesucristoEl valle de los huesos secos (Ezequiel 37:1-14)Elección del sustituto de Judas (Hechos 1:12-26)Elección del reemplazo de Judas (Hechos 1:15-26)El derramamiento del Espíritu Santo (Pentecostés)El comienzo de los postreros días en PentecostésLa extensión del territorio del reino del Mesías (Salmo 72:8-11)La historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del MesíasArrepentimiento en respuesta al sermón de PentecostésEl reino del Mesías y Su IglesiaOrigen de la expresión bíblica “postreros días” o “últimos tiempos” (eschaton)La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4)Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismoAmplicación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sedeDos acercamientos al estudio de la Biblia: teología sistemática y teología bíblica (con análisis literario).]

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

El Dr. Bruce K. Waltke, de nacionalidad estadounidense, es un erudito reformado en Antiguo Testamento.  Obtuvo maestría (M.A.) y doctorado (Ph.D.) en lenguas y literatura del Antiguo Cercano Oriente por la Universidad de Harvard, con un post-doctorado en el Hebrew Union College de Jerusalem, Israel.  Aunque fue educado en el Dispensacionalismo (sus Th.M., y Th.D. en Nuevo Testamento los obtuvo por el Seminario Teológico de Dallas), a los 50 años de edad abandonó públicamente el dispensacionalismo por ser contrario a la Biblia y abrazó la teología Reformada o teología del pacto.  Ha sido profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Dallas, Westminster Theological Seminary, Regent College, University of British Columbia (de donde es Profesor Emérito), Reformed Theological Seminary, Orlando, y en Knox Theological Seminary, y profesor visitante en varias universidades y seminarios como Covenant Theological Seminary, Geneva Bible College, Trinity Evangelical Divinity School, y Wheaton College.  En 1975 fue presidente de la Evangelical Theological Society.  Ha editado o participado en la edición de varias traducciones de la Biblia al inglés incluyendo la New American Standard Bible, y la New International Version.  Es autor de numerosos libros y artículos de alto nivel académico.

Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén (Mateo 24)

Por Bruce K. Waltke (ThD, PhD).

Fragmento tomado de An Old Testament Theology.  An Exegetical, Canonical and Thematic Approach (Grand Rapids: Zondervan, 2007), pp. 568-570.

La predicción de Jesús de que Jerusalén sería totalmente destruida mueve a sus discípulos a hacer dos preguntas: (1) ¿Cuándo serán estas cosas? y (2) ¿Qué señal habrá de la venida de Jesús y del fin del siglo?

  1. Jerusalén destruida en la era apostólica

Jesús respondela primera pregunta en Mateo 24:4-35 (= Mar. 13:1-31), con esta revelación clímax: “no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (v. 34).  A un lector moderno no familiarizado con el lenguaje apocalíptico, parece como si “todas estas cosas” incluyera la parusía.  (Parousia es la palabra griega para “presencia,” en contraste con apousia “ausencia.”)  La parusía connota la llegada de alguien tras un periodo de ausencia y es usada especialmente respecto de la realeza u oficiales.  Algunos premilenialistas contrastan la parusía de Cristo (un evento al inicio del milenio) con su Segunda Venida (que viene al final).  Yo uso los dos términos de manera intercambiable, porque el Nuevo Testamento no habla de un reino judío intermedio entre dos venidos de Cristo.  Si Jesús dijo que la parusía ocurriría dentro del lapso de vida de su generación, entonces, contrario a su afirmación, sus palabras no son verdaderas (Mat. 24:36), y aparentemente se contradice, porque después de fijar el marco de tiempo, en el siguiente aliento dice que nadie sabe el día ni la hora de su parusía (vv. 36-50).

Para salvaguardar al lector moderno en contra de cuestionar la veracidad y coherencia de las palabras de Jesús aquí, una exégesis más detallada del lenguaje apocalíptico de los versículos 29-31 (= Mar. 13:24-27) amerita un resumen de la útil interpretación de R. T. France.  De acuerdo con France, las perturbaciones cósmicas del versículo 29 en lenguaje apocalíptico se refieren al derrocamiento de poderes políticos (Babilonia [Isa. 13:10]; Egipto [Eze. 32:7]; Jerusalén en 586 aC [Joel 2:10]; las naciones [Isa. 34:4]; Jerusalén en 70 dC [Mat. 24:29], en tanto que el lenguaje acerca de “la venida del Hijo del Hombre sobre las nubes” se refiere a su ascensión a Dios para recibir vindicación y autoridad universal sobre toda la tierra (Dan. 7:13-14), no a su venida a la tierra.[1]  La interpretación de la “señal” (semeion—la LXX [Septuginta] usa esta palabra para traducir “pendón”; cf. Isa. 11:12; 49:22) del Hijo del Hombre en el cielo es más problemática.  Si “pendón” es la correcta traducción de “señal,” entonces posiblemente se refiere a “juntar a los exiliados,” puesto que eso es a lo que se refieren “pendón” y “voz de trompeta” (v. 31) en el lenguaje litúrgico judío.[2]  La frase “lamentarán todas las tribus” (v. 30) se traduce mejor como “lamentarán todas las familias de la tierra [i.e., Israel].”  Hacen eso en conexión con ver al Hijo del Hombre recibiendo autoridad de parte de Dios.

La profecía del lamento nacional, basada en Zacarías 12:10-14, es cumplida en pentecostés y a lo largo del periodo apostólico.  Antes de que Jerusalén fuese destruida, la Iglesia ya se había establecido firmemente en Roma.  Jesús asciende sobre las nubes para sentarse a la diestra de Dios, y como prueba de que ha recibido poder y autoridad envía el derramamiento del Espíritu Santo.  Pedro explica: “Exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís (Hch. 2:33).  Pedro lleva su sermón de pentecostés a la conclusión, “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (2:36).  Los que estaban oyendo, “se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (2:37).  Lucas dice que, “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (2:41).[[3]]

En Mateo 24:31 Jesús había dicho que los creyentes serían juntados de los “cuatro vientos.”  Esto es lo que sucedió en Pentecostés (ver Hch. 2:5-11).  Jesús también profetizó que Dios los juntaría enviando sus angeloi con “gran voz de trompeta”—que, como lo notamos arriba, es lenguaje para la reunión de los exiliados.  De acuerdo con Isaías 27:13, “Acontecerá también en aquel día, que se tocará con gran trompeta, y vendrán los que habían sido esparcidos en la tierra de Asiria, y los que habían sido desterrados a Egipto, y adorarán a Jehová en el monte santo, en Jerusalén.”  Angeloi (lit. “mensajeros”) puede referirse a predicadores tales como Pedro (cf. “mensajeros” en Luc. 7:24; 9:52), o al poder espiritual que está detrás de ellos (cf. Apo. 2).  R. T. France comenta, “La referencia [a los angeloi en Mat. 24:31] no es… como en 13:41, al juicio final, sino al crecimiento mundial de la iglesia…, lo cual es consecuente con el fin del estatus especial de Israel, simbolizado en al destrucción del templo” (Gospel of Mark, p. 35).

En Mateo 24:36-41, Jesús responde la segunda pregunta, “¿cuál será la señal de la venida de Jesús y del fin del siglo?,” citando el juicio que acompañará el tiempo desconocido de su segunda y final venida.  En resumen, Jesús claramente distingue entre el tiempo de la inminente destrucción de Jerusalén y la reunión de los judíos de alrededor del mundo en una comunidad de fe del tiempo, y su parusía.

  1. El tiempo de la parusía es desconocido

Puesto que el tiempo de la parusía y con ella el juicio final es desconocido, Jesús advierte a sus discípulos que velen por su venida.  Esto es aún más importante porque su venida será seguida, no de una felicidad milenial, sino de galardones eternos y castigos terminales, como lo deja claro la conclusión del discurso en el Monte de los Olivos de Jesús (24:42-51) así como sus parábolas de las diez vírgenes (25:1-13), de los talentos (25:14-30), y de las ovejas y los cabritos (25:31-46).  Concluye esta última diciendo “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”  En suma, Marcos-Mateo predicen la destrucción del Jerusalén territorial en conexión con el inicio de una nueva era, no la futura gloria de Jerusalén en un reino milenial, como algunos erróneamente alegan.

 

[1] R. T. France, The Gospel of Mark: A Commentary on the Greek Text.  New International Greek Testament Commentary. (Grand Rapids: Eerdmans, 2002), p. 35.

[2] Cf. T. Francis Glasson, “Ensign of the Son of Man,” en Journal of Theological Studies 15 (1964): 299-300.

[[3] Ver “Arrepentimiento en respuesta al sermón de Pentecostés” (Nota del traductor).]

 

[Ver también: Jerusalén: Lugar del fin de la antigua eraLa profecía de las setenta “semanas” (Daniel 9:20-27)Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañasExaltación y entronización del Señor JesucristoEl valle de los huesos secos (Ezequiel 37:1-14)Elección del sustituto de Judas (Hechos 1:12-26)Elección del reemplazo de Judas (Hechos 1:15-26)El derramamiento del Espíritu Santo (Pentecostés)La profecía de Noé (Gen. 9:25-27) y su cumplimiento en el Nuevo TestamentoLa extensión del territorio del reino del Mesías (Salmo 72:8-11)El comienzo de los postreros días en PentecostésLa historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del MesíasEl reino del Mesías y Su IglesiaOrigen de la expresión bíblica “postreros días” o “últimos tiempos” (eschaton)La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4)Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismoAmplicación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sedeDos acercamientos al estudio de la Biblia: teología sistemática y teología bíblica (con análisis literario).]

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

El Dr. Bruce K. Waltke, de nacionalidad estadounidense, es un erudito reformado en Antiguo Testamento.  Obtuvo maestría (M.A.) y doctorado (Ph.D.) en lenguas y literatura del Antiguo Cercano Oriente por la Universidad de Harvard, con un post-doctorado en el Hebrew Union College de Jerusalem, Israel.  Aunque fue educado en el Dispensacionalismo (sus Th.M., y Th.D. en Nuevo Testamento los obtuvo por el Seminario Teológico de Dallas), a los 50 años de edad abandonó públicamente el dispensacionalismo por ser contrario a la Biblia y abrazó la teología Reformada o teología del pacto.  Ha sido profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Dallas, Westminster Theological Seminary, Regent College, University of British Columbia (de donde es Profesor Emérito), Reformed Theological Seminary, Orlando, y en Knox Theological Seminary, y profesor visitante en varias universidades y seminarios como Covenant Theological Seminary, Geneva Bible College, Trinity Evangelical Divinity School, y Wheaton College.  En 1975 fue presidente de la Evangelical Theological Society.  Ha editado o participado en la edición de varias traducciones de la Biblia al inglés incluyendo la New American Standard Bible, y la New International Version.  Es autor de numerosos libros y artículos de alto nivel académico.

La profecía de las setenta “semanas” (Daniel 9:20-27)

Por Bruce K. Waltke, (ThD, PhD).

Fragmento tomado de An Old Testament Theology. An Exegetical, Canonical, Thematic Approach (Grand Rapids: Zondervan, 2007), pp. 549-552.

La visión de Daniel de las setenta semanas en Daniel 9:20-27 es de particular interés para nuestra materia [el papel de la tierra prometida (Tierra) en la historia de la redención].  Jeremías (Jer. 25:11-12; 29:10) había profetizado que el exilio de Israel en Babilonia duraría setenta años (i.e., 7 [el símbolo numérico de la perfección divina] x 10 [el símbolo numérico de lo completo]).  Los números bíblicos son a menudo usados de manera indefinida—como números redondos—o retóricamente, para énfasis o en un sentido hiperbólico.[[1]]  El siete juega un papel excepcionalmente importante en el antiguo Cercano Oriente.  Era sagrado para los egipcios, asirios, persas, y el pueblo védico en India.  En la Biblia el número siete está conectado con cada aspecto de la vida religiosa.  En relación con el tiempo, el siete representa un periodo apropiado (o sagrado) (Gen. 1:3-2:3; 8:12; 50:10; Ex. 7:25; Lev. 8:33, Jos. 6).  De manera más general indica un número completo o un número redondo de tamaño moderado (Est. 1:10; 2:9; Job. 1:2; Sal. 12:6; Pro. 26:16, 25; Isa. 4:1; 11:15; Miq. 5:4).

Como los sumerios, los autores bíblicos a menudo añaden siete a un número grande para indicar una cifra muy grande (cf. 7 x 7 y 7 x 62 en Daniel 9:25).  Setenta (el producto de dos números sagrados, 7 x 10) es usado como un número redondo, con matices simbólicos o sagrados.  Los múltiplos de siete conllevan el mismo carácter con énfasis añadido (Lev. 12:5, Num. 29:13; 1 Re. 8:65).  El siete y sus múltiplos deben ser tomados como lo que son: símbolos, no números literales.[[2]]  Más específicamente, de una inscripción en Esarhaddon, resulta que setenta años era una sentencia ordinaria por rebelión contra un dios,[3] permitiendo un tiempo de penitencia, diseñado para aplacar la ira divina.[4]  Pero para cuando se dio la visión de Daniel—66 años habían pasado desde el año 605 aC—Israel no se había arrepentido todavía de los pecados que los habían llevado al exilio: “pero no obedecimos a su voz” (Dan. 9:13-14).  Sólo un remanente de Israel regresa; la mayoría prefieren la seguridad y tranquilidad fuera de la Tierra al riesgo de vivir en la tierra restringida.  Jehová se queja de los exiliados “traidores:” “He aquí te he purificado, pero no como plata; te he escogido en horno de aflicción” (Isa. 48:10).  En lugar del oro o plata pura que su fuego purificador debería de haber producido, Jehová tiene una escoria (vv. 8-10).  Como se notó arriba, Malaquías (ca. 430 aC) ve hacia el futuro en espera de que Jehová venga a purificar el pueblo que todavía es impuro.

En la visión de Daniel el ángel Gabriel le hace entender que debido a la rebelión continua de Israel sus setenta años de exilio ahora serán multiplicados por siete (i.e. 490 años) para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos (Dan. 9:24).  El número perfecto es escogido de acuerdo con la maldición pactual según la cual el pecado continuado traería una sucesiva multiplicación por siete del castigo (Lev. 26:18, 21, 24, 28).  En Daniel el juicio multiplicado por siete es aplicado a los setenta años de exilio.[5]  En otras palabras, el múltiplo 7 x 70 representa una completa y plena era de juicio,[6] lo que significa que el fin vendrá en el perfecto cumplimiento del tiempo (cf. Gal 4:4).

Aunque los cálculos de Daniel no pueden ser tomados como precisos, el patrón básico de sus cálculos es claro.  Los “setenta sietes” están divididos en tres periodos definidos a grandes rasgos: siete, sesenta y dos, y uno.  El término a quo [desde donde inicia] de estos “setenta sietes” es el decreto de Ciro para reconstruir Jerusalén y su templo probablemente se refiere a los “tiempos angustiosos” de la fundación de la segunda nación-estado judío, durante la cual Jerusalén con su altar, templo, y murallas son reconstruidas [Dan. 9:25].  La predicción de que “después de los sesenta y dos ‘sietes’ el Ungido [i.e., Jesucristo] será cortado y no tendrá nada”[[7]] (Dan. 9:26) encuentra su cumplimiento consumado en el rechazo y crucifixión de Jesucristo por su propia nación.  La última semana es caracterizada por la guerra.  “El príncipe que ha de venir” y destruir Jerusalén es probablemente genérica con referencia tanto al rey sirio “Antioco IV Epífanes (175-146 BC), y al general romano Tito (ver Cap. 28).

“A la mitad del ‘siete’” en Daniel 9:27, explica Carl H. Cornill, significa el tiempo después de tres y medio años y que tiene su origen en los tres y medio años de la persecución de Antioco.[8]  En los años 169 a 168 aC el rey sirio saquea el templo y aplaca una rebelión judía, aboliendo el estado de Jerusalén basado en el templo, estableciendo una polis pagana en el Akra, y poniendo al templo el nombre “Zeus Olímpico.”  La “abominación de desolación” es algo que el rey sirio construye en el altar del santuario de Jerusalén en 167 (ver 1 Mac. 1:54; 2 Mac. 6:2).

Además, la abominación de desolación es identificada por Jesús con la profanación del templo a cargo del general Romano Tito, quien destruye el templo en el año 70 dC (Mat. 24:15; Mar. 13:14).  En otras palabras, Israel continúa desobedeciendo a pesar del azote de los 7 x 70 años.  No se arrepienten hasta que Jerusalén es completamente destruido en el año 70 dC, como lo profetizó Jesús, y el reino les es quitado y dado a otro rebaño, la iglesia compuesta de judíos y gentiles sin distinción.

Jesús revela los “misterios” (i.e., verdades mantenidas escondidas de los profetas del Antiguo Testamento) acerca del reino de Dios en parábolas (Mat. 13:1-52; ver p. 442).[[9]]  Estas verdades escondidas, como la parábola de la cizaña, llevan consigo la implicación de que habrá un periodo alargado de tiempo entre su primera y segunda venidas (Mat 13).  Inaugura el reino mesiánico de justicia en su primera venida, lo continúa ahora, y lo consumará en su segunda venida.  La amplia aceptación del evangelio de Jesucristo en la historia de la iglesia es un evento asombroso.  Como se ve en el siguiente capítulo, después de la destrucción de Jerusalén y su templo, estas instituciones son espiritualizadas, trascendentalizadas, y escatologizadas en el reino traído por medio de Cristo.

[[1] La Declaración de Chicago sobre la inerrancia bíblica, en su artículo XIII, dice: “Negamos también que la inerrancia sea negada por tales fenómenos bíblicos como… el uso de hipérboles y números redondos…” (Nota del traductor).]

[[2] Sin perjuicio de lo dicho por el autor, es de considerarse la propuesta presentada por el físico teórico evangélico David H. Lurie.  En su artículo “A New Interpretation of Daniel’s ‘Sevens’ and the Chronology of the Seventy “Sevens” (en Journal of the Evangelical Theological Society 33/3 (Sept. 1990), pp. 303-309), Lurie desarrolla una propuesta a partir del significado de la palabra hebrea traducida comúnmente como “semanas,” que podría traducirse mejor como septetos o septenos (la palabra hebrea es masculina, lo que la distingue de la palabra “semana” que en hebreo también es femenina).  El erudito reformado en Antiguo Testamento E. J. Young, en su libro The Prophecy of Daniel (Grand Rapids: Eerdmans, 1977), explica que la palabra traducida como “semanas” es un participio masculino que denota algo computado por siete o dividido entre siete (p. 195).  A partir de este significado de la palabra, Lurie propone que, los “sietes” o septenas pueden ser cualquier múltiplo de siete.  Lurie aplica esta propuesta interpretando el primer conjunto de siete septenos de Daniel 9:25 como compuestas de 14 años en lugar de siete años (es decir 7 x 14).  Conforme a esta propuesta, los cálculos entre la promulgación del edicto de Ciro en 538 aC, y el nacimiento del Señor, su crucifixión, y la destrucción de Jerusalén resultan asombrosamente precisos conforme a Daniel 9 (ver Lurie, op. cit., pp. 308-309).  (Nota del traductor).]

[3] Ver Thomas E. McComiskey,  “The Seventy ‘Weeks’ of Daniel against the Background of Ancient Near Eastern Literature,” en Westminster Theological Journal 47 (1985), pp. 35-40.

[4] E. Kipinski, “Recherches sur le livre de Zacharie,” en Vetus Testamentum 20 (1970), p. 40.

[5] Kaus Koch, “Die mysteriösen Zahlen der judäischen König und die apokalyptischen Jahwochen, en Vetus Testamentum 28 (1978), pp. 443-51; John J. Collins, Daniel with an Introduction to Apocalyptic Literature, Forms of Old Testament Literature 20 (Grand Rapids: Eerdmans, 1984), pp. 91-92.

[6] Similarmente, el sacerdote piadoso que escribieron el Libro de los Jubileos (ca. 160-110 aC) divide la historia de la salvación en “semanas” (i.e., periodos de siete años) y Jubileos (i.e., periodos de 7 x 7 años).  Divide el periodo desde la creación hasta Moisés en 7 “semanas” [de años] x 7 jubileos para un total de 49 Jubileos.  Después de eso, “y los jubileos pasarán, hasta que Israel sea limpiado de toda culpa de fornicación, e inmundicia, y contaminación, y pecado… y ya no habrá más un Satanás o ningún maligno, y la tierra será limpia desde ese tiempo y por siempre” (50:5).

[[7] Ésta es la traducción del autor, misma que en español es casi igual a la de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy (nblh).  (Nota del traductor).]

[8] Carl H. Cornill, Die siebzig Jahrwochen Daniels (Köinigsberg: Hartung, 1889).

[[9] Nota del traductor: Ver La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4).

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Ver también: Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén (Mateo 24)Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañasExaltación y entronización del Señor JesucristoEl valle de los huesos secos (Ezequiel 37:1-14);Elección del sustituto de Judas (Hechos 1:12-26)Elección del reemplazo de Judas (Hechos 1:15-26)La profecía de Noé (Gen. 9:25-27) y su cumplimiento en el Nuevo TestamentoEl reino universal del Mesías (Salmo 72:8-11)El comienzo de los postreros días en Pentecostés;La historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del MesíasEl reino del Mesías y Su IglesiaOrigen de la expresión bíblica “postreros días” o “últimos tiempos” (eschaton)Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismoAmplicación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sedeSerie de sermones de Hechos 1:1 al 2:41 (audios).

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

El Dr. Bruce K. Waltke, de nacionalidad estadounidense, es un erudito reformado en Antiguo Testamento.  Obtuvo maestría (M.A.) y doctorado (Ph.D.) en lenguas y literatura del Antiguo Cercano Oriente por la Universidad de Harvard, con un post-doctorado en el Hebrew Union College de Jerusalem, Israel.  Aunque fue educado en el Dispensacionalismo (sus Th.M., y Th.D. en Nuevo Testamento los obtuvo por el Seminario Teológico de Dallas), a los 50 años de edad abandonó públicamente el dispensacionalismo por ser contrario a la Biblia y abrazó la teología Reformada o teología del pacto.  Ha sido profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Dallas, Westminster Theological Seminary, Regent College, University of British Columbia (de donde es Profesor Emérito), Reformed Theological Seminary, Orlando, y en Knox Theological Seminary, y profesor visitante en varias universidades y seminarios como Covenant Theological Seminary, Geneva Bible College, Trinity Evangelical Divinity School, y Wheaton College.  En 1975 fue presidente de la Evangelical Theological Society.  Ha editado o participado en la edición de varias traducciones de la Biblia al inglés incluyendo la New American Standard Bible, y la New International Version.  Es autor de numerosos libros y artículos de alto nivel académico.

Ampliación en el Nuevo Testamento de la noción judía del Reino de Dios y de Jerusalén como su sede

Por Bruce K. Waltke (ThD, PhD).

Fragmento tomado de An Old Testament Theology (Grand Rapids: Zondervan, 2007), pp. 570-571.

Jerusalén es la escena para el inicio y fin del evangelio de Lucas (1:9; 24:53) y también es el escenario para su secuela, el libro de Hechos (Hechos 1:8; 2:1-17).  En su secuela podemos trazar por esta extensión de historia de la iglesia la redefinición de Lucas del reino de Dios de una referencia a la vida en un espacio territorial a una referencia a la vida en Cristo.  La iglesia primitiva esperaba que Jesús Mesías gobernare desde el trono de David en Jerusalén y restableciere la gloria de Israel y que de esta manera fuere una luz a las naciones.  No obstante, la iglesia iluminada por el Espíritu y llena del poder del Espíritu llegó a entender que el Mesías Jesús gobierna al mundo desde el trono de David en el cielo en un reino universal sin fronteras nacionales.

Pero al continuar Lucas con su drama en dos partes, las expectativas judías de la iglesia primitiva para el reino toman nueva forma.  Jerusalén sigue siendo el centro del Reino de Dios durante la carrera terrenal del Mesías pero no después de su resurrección.  La pasión de Cristo debe ser cumplida en Jerusalén pero no su gloria.  Durante su vida Jesús espera su muerte y resurrección en Jerusalén.  En contraste con Mateo, Lucas ubica la última tentación de Jesús en el punto más alto del templo en Jerusalén.  Mediante esta retórica, Lucas sutilmente augura el papel siniestro y satánico que el templo jugará en el rechazo y muerte de Jesús (Lucas 4:1-13: Mateo 4:1-11).  En su marcha a Jerusalén para cumplir su destino, Jesús dice sarcásticamente, “es necesario que siga mi camino… porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13:33; cf. 18:31).

Jesús ahora pone fin a cualquier futuro en la historia de la salvación para la ciudad profana mediante sus parábolas, acciones y profecías.  Lucas registra que cuando Jesús estaba cerca de Jerusalén, y la gente pensaba “que el reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente” (19:11), les dijo la parábola de las minas.  En esta parábola una mina es quitada al siervo infiel y dada a otro.  Concluye la parábola con la ominosa orden: “Pero a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí” (19:27).  Después de relatar esta parábola, Lucas registra la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén — pero en lugar de cumplir las esperanzas Judías de exaltación de la ciudad, Jesús llora por Jerusalén porque la ciudad está a punto de ser aniquilada por rechazarlo.  Vendrán días, dice, cuando ejércitos la derribarán.  Lucas también omite cualquier alusión a profecías del Antiguo Testamento de que Jerusalén sería reconstruida y no cita ninguna profecía de Jesús ni dentro de la iglesia primitiva en tal sentido.  La destrucción de Jerusalén en el año 70 dC termina con su rol en la historia de la salvación.

Pasando a la secuela de Lucas, en su primera escena encontramos a Jesús instruyendo a sus discípulos a quedarse en Jerusalén hasta que Dios les dé poder de lo alto.  Sólo hasta que han sido investidos con el Espíritu Santo comienzan a dar testimonio del evangelio a todo el mundo.  En la segunda escena, en el Monte de los Olivos, los discípulos todavía piensan como la iglesia primitiva: “¿Restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” preguntan (Hechos 1:6; cf. Lucas 24:21).  En lugar de prometerles cumplir con sus expectativas judías, Jesús los instruye nuevamente a quedarse en Jerusalén hasta tener el poder del Espíritu para dar testimonio del evangelio hasta lo último de la tierra.

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Sermón alusivo: Sermón expositivo de Hechos 1:6 (audio).

Ver también: “Jerusalén: Lugar del fin de la antigua era;” “Las dos preguntas de los discípulos respecto de la destrucción de Jerusalén (Mateo 24);” “La profecía de las setenta “semanas” de Daniel 9:20-27;” “Elección del sustituto de Judas (Hechos 1:12-26);” “Elección del reemplazo de Judas (Hechos 1:15-26);” “La extensión del territorio del reino del Mesías (Salmo 72:8-11);” “Salmo 67 (para canto congregacional);” “Este mundo está lleno del poder redentor de Dios.;” “Exaltación y entronización del Señor Jesucristo;” “El derramamiento del Espíritu Santo (Pentecostés);” “El reino del Mesías y Su Iglesia;” “El evangelio y las misiones;” “La historia de la redención: Del protoevangelio al reinado universal del Mesías;” El reino universal del Mesías (Salmo 72:8-11);” La profecía de Noé (Gen. 9:25-27) y su cumplimiento en el Nuevo Testamento;” “Orígenes jesuitas y pentecostales del dispensacionalismo;” “Contexto bíblico (intertextual) de las lenguas extrañas.”

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

El Dr. Bruce K. Waltke, de nacionalidad estadounidense, es un erudito reformado en Antiguo Testamento.  Obtuvo maestría (M.A.) y doctorado (Ph.D.) en lenguas y literatura del Antiguo Cercano Oriente por la Universidad de Harvard, con un post-doctorado en el Hebrew Union College de Jerusalem, Israel.  Aunque fue educado en el Dispensacionalismo (sus Th.M., y Th.D. en Nuevo Testamento los obtuvo por el Seminario Teológico de Dallas), a los 50 años de edad abandonó públicamente el dispensacionalismo por ser contrario a la Biblia y abrazó la teología Reformada o teología del pacto.  Ha sido profesor de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico de Dallas, Westminster Theological Seminary, Regent College, University of British Columbia (de donde es Profesor Emérito), Reformed Theological Seminary, Orlando, y en Knox Theological Seminary, y profesor visitante en varias universidades y seminarios como Covenant Theological Seminary, Geneva Bible College, Trinity Evangelical Divinity School, y Wheaton College.  En 1975 fue presidente de la Evangelical Theological Society.  Ha editado o participado en la edición de varias traducciones de la Biblia al inglés incluyendo la New American Standard Bible, y la New International Version.  Es autor de numerosos libros y artículos de alto nivel académico.

La proclamación del reino en los evangelios sinópticos (incluyendo el significado de las parábolas del reino en Mateo 13 y Marcos 4)

Por Herman N. Ridderbos.

Tomado de When the Time Had Fully Come: Studies in New Testament Theology (Ontario: Paideia Press, 1957, 1982), pp. 15-18.

En la interpretación de la parábola del sembrador el énfasis es puesto mayormente en las diferentes formas en las que la Palabra de Dios puede ser escuchada.  Y esto también está en el contenido de la parábola.  Pero uno se pierde del tenor si uno ve en ella una exhortación atemporal a tomar en serio la predicación del evangelio.  Pues en estas parábolas [del Reino en Mateo 13 y Marcos 4] Jesús revela a sus discípulos la naturaleza del Reino de Dios.  Les enseña cómo conocer los misterios del Reino.  ¿Qué misterio es?  Éste, antes que cualquier otra cosa, que el Reino escatológico de Dios viene como una semilla, aparentemente la cosa más débil e indefensa que hay.  Puede ser devorada por las aves, puede ser ahogada por los espinos, puede ser quemada por el sol, y algunas veces difícilmente puede ser distinguida de la cizaña.  Ese es el secreto del Reino.  Y detrás de esto yace un misterio aún mayor, es decir, que el que trae el Reino es un sembrador, aparentemente el más dependiente de los hombres.  “Un sembrador salió a sembrar” y “el que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre” – ese es el gran misterio del Reino de Dios.

Hasta aquí parecería que la teología liberal con su concepto espiritual del Reino tenía un mejor entendimiento de Jesús que todos quienes, después, pusieron todo énfasis en el carácter escatológico.  Pero las apariencias engañan aquí.  Pues detrás este secreto del Reino toda la dinámica del poder de las grandes obras de Dios está escondida.  Eso ya está señalado en las parábolas mismas.  No sólo tratan acerca de sembrar, pero también de cosechar, y la cosecha también está en las parábolas (a pesar de lo que diga C. H. Dodd), la cosecha escatológica en el futuro.  Pero por encima de todas las cosas, este poder yace escondido en la persona de Jesús mismo.  La figura humilde y no-intrusiva del Sembrador encubre la grandeza escondida del carácter mesiánico de Cristo.  Ese es el misterio real del Reino.  La grandeza escondida de Jesucristo es, hablando estrictamente, el asunto sobre el que tratan los evangelios, y es esta grandeza  lo que determina la naturaleza del Reino.

El gran teólogo liberal Adolf von Harnack dijo, es cierto, que el evangelio del Reino es el evangelio del Padre no del Hijo.  Y muchos lo han repetido después de él.  Pero aquí, de hecho, yace el gran error del retrato liberal de Jesús y del concepto liberal del Reino de Dios.  Pues el carácter y substancia del Reino es determinado por la persona y por la manera de ser de Jesús.  Él es el auto-basileia, como Orígenes lo expresó. Y por lo tanto en su vida terrenal existe esa curiosa tensión entre revelación y misterio, entre grandeza escatológica y debilidad humana.  A la primera pertenece la autoridad (exousia), con la que habla en el Sermón del Monte, y con la que perdona pecados en la tierra.  A ésta pertenecen sus milagros, las señales del gran tiempo de salvación.  Pero al mismo tiempo prohíbe a los hombres darlos a conocer.  Su mesianidad es un secreto.  Toda esta paradoja está concentrada en el nombre Hijo del Hombre, esto es, ser humano entre seres humanos, hombre que siembra, y que debe esperar el resultado de la cosecha.  Pero también implica: Hijo del Hombre quien, de acuerdo con la profecía de Daniel 7, recibe todo dominio de las manos del Altísimo.  Es en él que Dios obra Sus grandes hechos, pues este Hijo del Hombre está bajo la ley del “tiene que,” del dein y prepein como dice en el Nuevo Testamento.

Ése es el por qué de la Cruz, también, es parte de la revelación del Reino, pues el Hijo del Hombre tiene que ir a Jerusalem.  El orden de la obra divina de redención demanda esto.  En ningún lugar es el misterio del Reino más profundo que en la Cruz de Jesús.  El sembrador se convierte él mismo en la semilla.  Pero a la vez un proceso escatológico está ocurriendo.  La dimensión del Reino se vuelve visible ya en las señales que acompañan la muerte de Cristo  y que afectan a la naturaleza.  Por encima de todo se vuelve manifiesta en Su resurrección.  Entonces el Hijo del Hombre da un gran paso a su gran futuro, y le es dado el dominio que menciona Daniel 7.  En Cristo el Reino está irrumpiendo a través de los límites de la categoría terrenal, y lo que fue escuchado en el oído, eso es predicado desde las azoteas  (Mat. 10:27).

Ese es el concepto del Reino en los evangelios sinópticos.  Es uno de presencia así como de futuro, tanto de secreto como de revelación.  El levantamiento de Cristo marca el límite.  En él coinciden las dos eras.  Pertenece a la presencia del Reino.  Pues ha acontecido sobre la tierra.  El eschaton [los últimos tiempos] ha venido en Cristo.  El mundo ha sido abierto al Reino de Dios.  El Fuerte ha vencido en su propia casa.  Pero la resurrección pertenece al futuro también.  El Cristo resucitado no pertenece ya más a la categoría terrenal.  Él es primicias del gran futuro.  Pero en la fase final, los cielos nuevos y tierra nueva, están todavía por venir.  Primero la semilla debe ser sembrada, entonces no solamente Israel sino todo el mundo debe vivir en la dispensación y bajo la responsabilidad de aquello que ha sido visto y oído en Cristo.

En los evangelios sinópticos la importancia presente y futura del Reino coinciden mayormente.  Antes de la resurrección de Cristo las perspectivas son a menudo muy poco claras, de acuerdo con la naturaleza de la profecía.  Se hace mención de la aparición del Hijo del Hombre y del Reino en gloria como un evento que puede ser esperado simultáneamente.  Se hace mención de los postreros días dentro del marco de la tierra judía.  Es como si todo convergere en un punto, resurrección y parusía [la segunda venida de Cristo],  y como si, al partir Cristo de la tierra, la plenitud de la revelación del Reino puede ser ya esperada.  Pero la resurrección abre una nueva perspectiva.  Nos enseña a distinguir entre lo que ha venido, y lo que está por venir.  Es el punto de partida de una nueva dispensación en el futuro del Reino.

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

Herman N. Ridderbos (1909-2007), de nacionalidad holandesa, fue un pastor reformado y un destacado teólogo y erudito en Nuevo Testamento.  Fue educado en la Universidad Libre de Amsterdam  hasta obtener el grado de doctor (1936).  Después de servir como pastor por ocho años, fue nombrado profesor de Estudios del Nuevo Testamento de la Escuela de Teología de las Iglesias Reformadas (Kampen, Países Bajos), cargo que desempeñó por más de cuarenta años.  Fue autor de numerosos libros y artículos académicos entre los que destacan La venida del Reino (1962) y El pensamiento del apóstol Pablo (1966), que están traducidos y publicados en español.

 

Este mundo está lleno del poder redentor de Dios.

Por Herman N. Ridderbos.

Tomado de When the Time had Fully Come: Studies in New Testament Theology (Ontario: Paideia Press, 1957, 1982), pp. 18-19.

Por cuanto el Reino de Dios ha entrado en este mundo, debemos decir que este mundo está lleno del poder redentor de Dios.  Pues la cruz de Cristo fue puesta en este mundo, y Cristo resucitó aquí.  Es este poder efectivo el tema del que tratan las parábolas de la semilla de mostaza y de la levadura.  La primera trata sobre el poder expansivo del Reino.  La semilla es muy pequeña pero el árbol se vuelve muy grande, los pájaros moran en sus ramas y los pueblos buscan refugio bajo sus hojas.  El Reino no se mantiene distante del mundo, sino que está buscándolo y a sus relaciones más amplias.  Busca a los pueblos, y a los confines de la tierra.  Esa es su extensión.  Pero también es como levadura que está leudando el todo.  Esa es su intensidad.  Penetra todas las relaciones, todos los ámbitos de la vida.  Por eso es que el escatologismo — un énfasis indebido en la escatología — es tan no bíblico como la conexión del Reino con la filosofía de la inmanencia.  El escatologismo mal-entiende la resurrección, y el poder del Señor exaltado mediante Su Palabra y Espíritu.  No pone atención en el hecho de que el campo en el que la semilla debe ser sembrada es el mundo.  Y que Cristo, por esa razón, es la esperanza de este mundo.

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Traducción: Alejandro Moreno Morrison.

Herman N. Ridderbos (1909-2007), de nacionalidad holandesa, fue un pastor reformado y un destacado teólogo y erudito en Nuevo Testamento.  Fue educado en la Universidad Libre de Amsterdam  hasta obtener el grado de doctor (1936).  Después de servir como pastor por ocho años, fue nombrado profesor de Estudios del Nuevo Testamento de la Escuela de Teología de las Iglesias Reformadas (Kampen, Países Bajos), cargo que desempeñó por más de cuarenta años.  Fue autor de numerosos libros y artículos académicos entre los que destacan La venida del Reino (1962) y El pensamiento del apóstol Pablo (1966), que están traducidos y publicados en español.